Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

142 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ tes aoandonaron sus cabalgaduras y aventuráronse a pie, como la infantería, al ver que ésta, con el ejercicio y la fatiga, resultaba más ágil y menos aterida que sus conmilitones inmovilizados sobre la montura. Quienes más padecían en esta ascensión eran los pobres ne– gros, así bonat:renses como pisqueños, del 7 de los Andes, puestos a la retaguardia, con la noble intención de concederles un avance más parsimonioso y no tan exigente como el que corresponde a la van– guardia o el centro. Cinco de esos tenebrosos hijos de la costa queda– ron en el camino, "seguramente muertos, enfermos o cansados". No se volvió a saber más de aquellos infelices, cuya falta notóse úni– camente al término de la jornada. Dichosamente los demás con tan gran contento cuanta viva admiración de sus compañeros, llegaron completos e incólumes, gracias, dice el general en sus Memorias, a la "salubridad del vivificante clima de la sierra del Perú". A las cinco horas de subida, o sea a las nueve de la mañana, la división hacía alto "en el vértice de la cordillera" occidental; y descubría el inmen– so y hermoso panorama de la mesa andina superior, tendida a sus pies como una sabana nítidamente blanca, hasta el límite máximo del horizonte. Era, como gráficamente escribe Arenales, un ''desierto de nieve". . . Esa nieve, a pesar del ceniciento dosel desenvuelto por el nublado sobre la cabeza de los expedicionarios, y que, herida por el sol pungente, pero no cálido de las serranías, habría martirizado a los viajeros con los rigores del surumpi; mortificólos, no obstante, con su simple relampagueo a la lumbre pálida de aquel cerrado día, especie de clara noche presidida por una luna invisible con su corte de también invisibles estrellas (10). VIII Después de competente descanso, hasta que la tropa cesó de acezar terrífica con la subida de la ruda cuesta ya por ventura dejada atrás, se continuó la marcha, más rápida y fácilmente, por proceder de bajada hacia la amplia mesa distendida al pie. En esa caminata, una vez ganada la glacial llanura, avanzóse por ella en perfecto or– den de batalla, por si hubiese de encontrarse en la senda al ene- (1~) "Es difícil, rezan las Memorias cits., explicar la extraña y aterrante -sensación que se experimenta al atravesar aquellas solitarias eminencias, en co~tacto sólo con la región de las nubes, y variadas por informes promon– torios nevados, cuyos reflejos entorpecen de continuo la vista. . . Indefinidas cadenas de montañas nevadas, contrastando con otras azules y rojas, agran– dan Y embellecen este sorprendente espectáculo, en que la vista divaga no menos incierta que curiosa''.- Op. ref., edición bonaerense de 1920, pág. 72.

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