Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

124 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ so que tanto necesitaba, a la espera, entre tanto, de noticias, y a la expectativa de los acontecimientos. En consecuencia, para no enmollecer a sus bravos en el dolce far niente de la población e impedir que esta última, en su abundan– cia, placidez y simpatías, sirviérales de nueva Capua, abadonó los cuarteles intraurbanos y llevó sus acantonamientos a distancia com– petente; a saber: el uno, para la caballería, a Santo Domingo, dos le– guas distante de Moquegua; y el otro, para la infantería, a la Rinco– nada emplazada a cinco leguas (4 de junio). ¿Qué era entre tanto, de Rivero y de La Hera? 111 Deshecho aquél en la sorpresiva acción del 26, había en su fuga logrado reunirse con cierto piquete de cabaliería retrasado, que, procedente de La Paz, debió incorporárseie en el trayecto de Puno a Mirave, sin haber llegado a hacerlo. Más tranquilo con aquel di– minuto resguardo, Rivero había continuado su viaje hasta Arequipa, e ingresado en esa ciudad el 21 de mayo. Por lo que hace a La Hera, escapado con unos cuantos hombres, según vimos, de la rota del 22, ni siquiera pensó en tomar la vuelta del Misti, avergonzado de la triste cuenta que tendría que ren– dir a su ceñudo y rígido superior; y prefirió tomar rumbo hacia el oriente, sobre la senda que conduce a Santiago de Machaca, espe– rando siempre reunirse con las tropas vinientes de la lejana Oruro y conducidas por Ameller. Realizada felizmente esa junción, reforzado por Ramírez (que le confortó en muy apropiados términos) y ardiendo en ansias de des– quite, trazóse un nuevo plan de campaña, por cierto más acertado y racional que el precedente, causante de su pérdida. Reducíase ya no a buscar directamente a Miller; sino a descender rectamente sobre Tacna, cortando así la retirada del jefe patriota, que, imposibilitado de reembarcarse, arrinconado en el continente, y forzado a lidiar en pos de salvación y salida, veríase al cabo desbaratado sin remedio. IV Pero no era Miller quien tan fácilmente pudiera caer en ese lazo. Sabedor de que La Hera se venía, y comprendiendo, más o me– nos, sus proyectos e intenciones, resolvió adelantarse a su contendor y aproximarse a la costa tacneña, antes de que este último ganárale la delantera. En esa situación, pensó el denodado inglés, quizá si se

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