Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
120 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ III Una hora más tarde, entró en Moquegua el grueso de la columna independiente, y, con él, la restante caballería de Soler, quien, sabe– dor de que La Hera no andaría muy distante, emprendió la persecu– ción del aludido jefe. Media milla más allá, Soler dióse en efecto con el destacarr:iento retrasado, deshecho luego en una sola carga. Un oficial y trece hombres realistas perecieron en la acometida. Todos los demás cayeron prisioneros (3). La Hera, de ese modo, llegó al lugar de su destino, sin más que los contados soldados que lo acompañaban de cerca; derrotado y reducido a la nada, pero, eso sí, considerado y estimado siempre por el general Ramírez, su justiciero superior, quien, lejos de hu– millarlo y descorazonarlo con cargos inútiles, tuvo para su infortu– nio frases alentadoras, dirigidas a recompensar, ya que no el valor coronado por el triunfo, por lo menos el deber cumplido con firme– za: "US., díjole, se ha conducido con aquella noble decisión que le asiste por el buen servicio; por cuya circunstancia, su conducta mi– litar merece mi aprobación, aun cuando los resultados de ella no hayan correspondido a las medidas, por un conjunto de cosas difíci– les de remediar; y porque, en la guerra, la fortuna tiene, a veces, puesto su trono en sucesos inesperados" (4) . IV Dichoso en la ciudad que le brindaba albergue, pero nunca ador– mecido por los deleites de la holganza, ni por los halagos de una afectuosa residencia, impúsose Miller (por el espontáneo espionaje (5) que servíalo en los más recónditos rincones de la zona), de que Rivera pasaba en fatigosa y doliente peregrinación, por las frígidas y enrarecidas alturas de Torata, con dirección indudable a ]a ciudad de Arequipa (25 de mayo). (3) Sin más excepción que la de "un ayudante y su asistente, que esca– paron disfrazados con el poncho y los vestidos de un paisano, que, por ca– sualidad encontraron en el camino, y a quien mataron para arrebatarle la ropa que llevaba puesta".- Miller, loe. cit. (4) Camba, II, 407. (5) Hasta los indios, de suyo indiferentes y desconfiados, para con los blancos en general, mostráronse afectos a los libertadores, gracias al buen trato de Miller y sus tropas, y a la confianza que aquél y éstos supieron ins– pirar a esos desventurados .- Los patriotas, cuenta el futuro general peruano,
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