Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
DE MIRAVE A MOQUEGUA 119 Recibidos cariñosamente por Miller, e incorporados incontinenti (como oficial el uno y como cadete el otro), se siguió adelante. II A eso de la madrugada, avanzó Landa, con un grupo de paisanos armados, todos tacneños, llevando la misión de ocupar y cerrar el llamado "Portillo"; garganta de salida, emplazada al levante del valle de Moquegua; y punto que, para ascender de la hoyada en que de– mora esta última ciudad a las de Arequipa o Pc..L10, era el único por donde podrían escapar los restos perseguidos de La Hera. Landa, con todo, llegó tarde. Sin entrar en la población, tomó el Portillo; pero fue cuando La Hera, seguido de una escasa escolta, había ya pasado para Puno por la garganta enunciada; y sólo quedaba en Moquegua un destaca– mento, encargado de proteger la retirada de su jefe. Cuado ese destacamento, a la noticia de la aproximación de los patriotas, evadíase hacia el Portillo por el extremo norte de la ciudad, Miller entraba en ésta, por el lado sur, con una partida de veinte dragones, a las inmediatas órdenes del "bizarro teniente" don Vicente Suárez. Era las nueve de Ja mañana del 24 de mayo, un año exacto an– tes del triunfo de Pichincha. Suárez acometió en el acto a los enemigos, que, sin embargo de su mayor número, continuaron su retirada "pausadamente y en buen orden", aguantando con valentía las cargas de los patriotas. Suárez, que escoltaba a Miller, hubo de volverse a la plaza ocupada, en resguardo de su comandante; si bien éste no había menester se– mejante auxilio, porque los moqueguanos, libres de la presión rea– lista, con el propio coronel Portocarrero (subdelegado del partido) a la cabeza, apresuráronse a rodear al vencedor, a vitorearlo y aplau– dirlo, expresándole su entusiasmo y adhesión por la causa de la in– dependencia. (2). (2) Suponemos, aunque nadie lo haya dicho, que lo único que se encargó a Suárez fue un reconocimiento, para descubrir el número de soldados y la dirección tomada por los realistas. Estos eran en mayor número que los veinte jinetes contados de Suárez. Respecto al ánimo del vecindario moqueguano, Miller dice lo siguiente: "Los diez mil habitantes de Moquegua recibieron, todos, a los patriotas con las mayores muestras de alegría; y, en prueba de su sincera adhesión a la causa, facilitaron, voluntaria y cuidadosamente, los medibs para que la pequeña división de Miller readquiriera sus antiguas fuer– zas, hasta ponerse en estado de ser lo más útil posible". Memorias, vol. I, págs . 290 y 291.
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