Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
114 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ VII Cerca del amanecer, el jefe independiente toma posiciones de– finitivas. Forma su línea de infantes sobre una meseta tendida dentro de un aconchamiento de las montañas, cuyos picos eminentes protegen su diestra y su retaguardia, en tanto que su izquierda se apoya en la escarpada barranca del río. VII La caballería, después de apacentar sus bridones, sueltos de bri– da, en los matorrales inferiores de ambas riberas, asciende y com– pleta la faja estratégica de batalla, "formando, con la infantería, una línea paralela a la de los realistas". Son las cuatro de la mañana. cuando Miller personalmente, em– prende un reconocimiento final, en que se halla a punto de caer en manos de los centinelas españoles (7); tanta es la audacia de este jefe, que, según sus propias expresiones, no sólo desconoce la precisa posición de los adversarios; sino, lo que es peor, la configu– ración y "la naturaleza misma del terreno en que al día siguiente tiene necesariamente que batirse" ... Al despuntar el alba del 22, creen sus pupilas ver algo sorpren– dente: al frente muévese nada menos que "una cordillera gredosa" de extraños picos. Intrigadas su atención y su curiosidad, descubre luego, risueño y ruidoso, que la fantástica faja de cerros cónicos, móviles y blancos, no es otra cosa que la hilera de morriones, enfun– dados en nívea tela, de los soldados del rey. Los patriotas, viceversa, escondidos en la profunda, en la negra sombra de la alta sierra pos– terior; "sin nada albo en los uniformes"; sucios mas bien los correa– jes; y enmohecidas, o poco menos, todas las armas, por la acción capitanes Hill y Hind, ambos ingleses, igualmente ansiosos de gloria y de renombre, y cuya conducta hace honor al país de donde vinieron y a la causa que abrazaron".- Memorias, t. I, pág. 286. (7) "Una hora antes de romper el día, Miller adelantóse a pie con un oficial y un ordenanza, para reconocer el terreno. Los tres continuaron avan– zando, hasta que el leve ruido de la espada del ordenanza alarmó a un cen– tinela español que les dio el quién vive.- Sorprendidos los tres, quedaron sin movimiento y aun sin respiración para no ser percibidos, con lo que el vigilante centinela, no oyendo más ruido, supuso no haber novedad, y no dio aviso. Miller retiróse algunos pasos y se mantuvo echado en tierra hasta que el crepúsculo empezó a aclarar hacia el oriente".- Miller, Memori~s, I, 287.
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