Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
98 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ padecidas, y débiles hasta el punto de no poder marchar seguida– mente media hora, y haber de tumbarse en las arenas para descan– sar (18). Estaban, más que todo, desfallecientes de sed, consumida como viose la aguada hecha para un solo día, siendo así que la travesía había alcanzado a dos. Lanzáronse, por ende, ávidos y como locos, sobre un "pequeño manantial o pozo que encontraron en el morro"; si bien enteráronse inmediatamente, con desesperación, de que su agua era "salobre, y tan escasa, que no bastaba para apagar la sed siquiera fuese de media docena de hombres" ( 19). En tan crítica si– tuación, llegó la noche; y hubo que seguir caminando y ascendiendo, todavía con la ansiedad de haberse perdido en la áspera senda, ya que el propio guía conductor, aunque experto y antiguo, temía él mismo haberse extraviado en el ascenso (20). Fue lo peor que, no habiendo playa alguna, a semejanza de lo ya palpado las otras veces, los expedicionarios, en pos de más fácil ruta, hubieron de escalar la totalidad del monte enunciado; monte "escarpadísimo (como el de Arica), por el cual es imposible subir ni bajar a caballo, y cuya pendiente alcanza a unas tres millas, con zigzages y rodeos" (21) . Con todo, "la brisa suave y vivificadora de la altura y la del mar, refrescó a los viajeros fatigados, dándoles de frente; y todos sintieron aumentarse sus fuerzas, a medida que iban avanzando por la senda". XIII Se llegó al fin a la cumbre, y en ella aguardóse ansiosamente la luz del nuevo día ( 1O de mayo). Al rayar de éste, las fuerzas expedicionarias distribuyéronse en dos columnas: una, de ciento veinticinco hombres (inclusive los ma– rineros de Wilkinson), a las órdenes del sargento mayor Soler; y (18) Miller, I, 278. (19) Miller, loe. cit. (20) ''La ansiedad de aquella noche fue una positiva agonía. Atorrr:enta– dos por la sed, sabiendo que no se podría hallar agua en todo el camino, e inciertos de si el que se llevaba sería el verdadero, la situación empeoró aún con la noticia de que muchas personas habían perecido en aquellos desier– tos dilatados, donde, en muchas leguas a la redonda, no se ve más que un mar de arena, sin señales de vegetación. Nada, pues, pudo ceder a nuestro júbilo, cuando, por ciertas colinas familiares, descubrió el guía que íbamos por la sen da verdadera" .- Op. cit., 279. (21) Id. id, 278 y 279 .
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