Hipocampo penebires; Shipibo-konibo-español

39 —¿Y qué necesidades son esas, señor hipocampo de oro? —interesose la señora Glicina. —Es el caso, señora mía —agregó este— que tengo una conformación orgánica algo extraña. Solo hay un hipocampo, es decir, solo hay una familia de hipocampos. Se encuentran en el fondo del mar toda clase de seres: verdaderos ejércitos de ostras, campas, anguilas, tortugas... Hipocampos no habernos sino nosotros. —¿Y vuestros siervos saben que vos padecéis tales necesidades? —Esa es mi fortuna: que no lo sepan. Si mis siervos supieran que su rey podía tener deseos insatisfechos, cosas inaccesibles, perderían todo respeto hacia la majestad real y me creerían igual a ellos. Mi reino caería hecho pedazos. Y a pesar de todos los dolores, señora mía, ser rey es siempre un grato consuelo, una agradable preeminencia... Y agregó con profunda tristeza: —No hay más grande dolor que ser rey por la sangre y por el espíritu, y vivir rodeado de plebeyas gentes, sin una corte siquiera capaz de comprender lo que es el alma de un rey. —¿Y se puede saber, señor hipocampo de oro, en qué consisten esas necesidades y cuál es la causa de tan doloridas quejas? Acercose a la orilla el hipocampo de oro; alisose las aletas de plata incrustadas de perlas grandes como huevos de paloma y, a flor de agua, mientras su cola se agitaba deformándose en la linfa, dijo: —Me ocurre, señora mía, una cosa muy singular. Mis ojos, mis bellos ojos —y se los acarició con la cresta de una ola—, mis bellos ojos no son míos.... —¿No son vuestros, señor hipocampo de oro? —exclamó asustada la viuda.

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