Hipocampo penebires; Shipibo-konibo-español

38 —¿Y cómo sabré yo dónde sale el hipocampo de oro? —En el silencio de la noche cruzará un pez con alas luminosas antes que él aparezca sobre el mar... Caminaba la viuda. Ya se ponía el sol. En la tarde púrpura, su silueta se tornaba azulina. Caía la noche cuando la viuda se sentó a esperar en una pequeña ensenada. Entonces comenzó a encenderse una huella en la húmeda orilla. Un pez luminoso brilló sobre las olas, un silbido estridente agujereó el silencio. La luna, cortada en dos por la línea del horizonte, se veía clara y distinta. Un animal rutilante surgió de entre las aguas agitadas y, en las tinieblas, su cuerpo parecía nimbado como una nebulosa en una noche azul. Tenía una claridad lechosa y vibrante. Chasqueó las olas espumosas y empezó a llorar desconsoladamente. —¡Oh, desdichado de mí! —decía—. Soy un rey y soy el más infeliz de mi reino. ¡Cuánto más dichosa es la carpa más ruin de mis estados! —¿Por qué eres tan desdichado, señor? —interrogó la viuda—. Un rey bien puede darse la felicidad que quiera. Todos sus deseos serán cumplidos. Pide a tus súbditos la felicidad y ellos te la darán... —Ah, gentil y bella señora —repuso el hipocampo de oro—. Mis súbditos pueden darme todo lo que tienen, hasta su vida, que es suya, pero no la felicidad. ¿Qué me va en estos criaderos de perlas negras que me sirven de alfombras? ¿De qué me sirven los corales de que está fabricado mi palacio en el fondo de las aguas sin luz? ¿Para qué quiero los innúmeros ejércitos de lacmas que iluminan el oscuro fondo marino cuando salgo a visitar mi reino? ¿De qué, los bosques de yuyos, cuyas hojas son como el cristal de mil colores? Yo puedo hacer la felicidad de todos los que habitan en el mar, pero ellos no pueden hacer la mía, porque siendo yo el rey, tengo distintas necesidades y deseos distintos de mis siervos; tengo distinta sangre.

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