Hipocampo penebires; Shipibo-konibo-español

40 —Mis bellos ojos no son míos —agregó bajando la cabeza mientras un sollozo estremecía su dorado cuerpo—. Estos ojos que veis no me durarán sino hasta mañana, a la hora en que el horizonte corte en la mitad el disco del sol. Cada luna, yo debo proveerme de nuevos ojos, y si no consigo estos ojos nuevos, volveré a mi reino sin ellos. No solo es esto: cada luna debo proveerme de mi nueva copa de sangre, que es la que da a mi cuerpo esta constelada brillantez; y si no la consigo, volveré sin luz. Cada luna debo proveerme del azahar del durazno de las dos almendras, que es lo que me da el poder de la sabiduría para mantener sobre mí la admiración de mi pueblo, y si no le consigo, volveré sin elocuencia y sería el último de los peces, yo que soy primero de los reyes. Mis súbditos no necesitan la sabiduría e ignoran dónde se nutre, de dónde viene la luz; no comprenden la belleza e ignoran dónde reside el secreto de los ojos... La señora Glicina guardó silencio un breve instante y el hipocampo continuó: —Mi vida, señora, es una sucesión de dolor y de felicidad, es una constante lucha. Mi placer, mi inefable placer consiste en buscar nuevos ojos: buscarlos, mirarlos, amarlos y luego... robarlos, tenerlos para mí, poseerlos. ¡Gozarlos durante una luna, una luna íntegra! Mas luego viene la tortura: en los últimos días mi felicidad se opaca, tengo el temor de perderlos, sé que van a concluirse, que solo han de durarme un tiempo determinado, y que tendré que sufrir, que buscar otros, que comenzar de nuevo. ¡Y si solo fuesen los ojos! ¡Pero y la copa de sangre! ¡Y el azahar del durazno! ¡Ya veis qué tortura! Un dolor que se renueva cada veintiocho días. Una felicidad tan breve. Pero creedme: bien vale el placer tal sacrificio. Bien cierto es que no hay angustia más grande que la mía mientras estoy buscando los nuevos ojos; pero cuando los encuentro, cuando gozo con aquel estado de duda, cuando veo los que son para mí —porque yo comprendo cuáles ojos me están predestinados desde que los veo—, cuando recibo su primera mirada, cuando a través de la distancia los nuevos ojos clavan en los míos sus rayos inteligentes, elocuentes, fascinantes... —¿Habéis cambiado ya muchos ojos?

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