Hacer de la lectura una experiencia: reflexiones sobre mediación y formación de lectores
72 forma habitual en los circuitos de mediación y circu- lación del libro y la lectura, pues son asiduos visitantes de bibliotecas, librerías, así como de actividades como cuentacuentos o recitales poético-musicales, entre otras. Vista la amplitud de ese ecosistema de prácticas lec- toras y escritoras, tal vez la pregunta que debiéramos plantearnos sea otra: ¿qué hay de extraño en el intento progresivo del niño por otorgar sentido a esos símbo- los inicialmente incomprensibles que reaparecen, aquí y allá, en sus espacios de socialización más queridos y atesorados? Al fin y al cabo, todo ese conjunto de re- latos de infancia, nacidos en el seno de espacios carac- terizados por el cuidado y el afecto que le brindan los adultos, tienen para él o ella una connotación muy po- sitiva. Por un lado, son momentos de encuentro con sus cuidadores, en los cuales la atención del adulto está volcada totalmente —o así al menos lo parece— en la interacción con el niño. Por otro, son momentos en los que el adulto entra de manera muy natural al «como si» que caracteriza el juego infantil, reemplazando por un instante el lenguaje cotidiano de lo fáctico («vamos donde la abuela», «cómete la comida») por un lenguaje asociado a lo imaginario, que se abre ante nosotros con aquella vieja llave que conforma el «había una vez…». Digámoslo ahora desde la perspectiva del niño: son mo- mentos en los que el adulto está conmigo y en los que,
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