«conjuración» contra Chile. El pacto en el que convivían «la deslealtad», la «perfidia» y una cultura de Antiguo Régimen justificaban ampliamente una guerra que fue, como bien sabemos, por recursos económicos. País «tranquilo y confiado en la buena fe y amistad de sus vecinos», Chile se vio súbitamente convertido en una «víctima de la agresión y la violencia» y envuelto en una guerra «preconcebida y pactada de antemano»199. El editorial El Pueblo y la Patria, publicado en Copiapó, justificó la guerra cívica en un contexto en el que la nación chilena era amenazada por sus pérfidos enemigos. Teniendo en cuenta su sistema constitucional democrático, su gobierno liberal y una cultura política basada en la práctica de los principios de la razón, la república de Chile podía ser comparada, afirmaba el escrito, con los Estados Unidos de América, con la Francia de la Revolución, con la España de los tiempos de Pelayo, con la Italia de Virgilio, Horacio, Augusto y Tito Livio, con la Grecia de Pericles y con la América de la etapa de la Independencia. Los pueblos, como el chileno, que representaban esas grandes etapas históricas eran «concienzudos en la paz» pero también «terribles en la guerra». La defensa del «templo de la república», del que ya había dado muestras en dos oportunidades, elevaba a la nación sudamericana a un sitial de honor en el mundo Occidental. Esta posición preeminente le otorgaba el derecho de ejercer la justicia, castigando a Bolivia y el Perú de la misma manera como Espartaco castigó a los patricios romanos con los «últimos restos de las cadenas de la servidumbre»200. La utilización del viejo mito fundacional de la gran usurpación y el relato de los agravios contra Chile forzaron a crear un tiempo nuevo además de personajes capaces de representar los vicios coloniales y las virtudes republicanas. Ello permitió actualizar un pasado y un presente plagado de humillaciones. «La mala voluntad del Perú» y «sus deseos de traerle la guerra a Chile eran historia antigua». Desde hacía quince años los inmigrantes chilenos sufrían «vejaciones sin cuento» en el país enemigo. El roto chileno era ahí «un verdadero ilota», un «perro hidrófobo» al que se le mataba a palos201. En «Estamos en guerra con el Perú» el editorialista de El Pueblo Chileno pronosticaba que muy pronto se resucitarían «los tiempos de las glorias chilenas», con la particularidad de que en 1879 la lucha no era solamente por la independencia y la libertad sino por la sobrevivencia de la república de Chile. Porque estaba previsto que «las hordas de los sanguinarios coyas y de los cholos serranos» serían azuzadas por «los sibaritas del Rímac» en contra de sus «nobles hijos». Sin 99
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