embargo, nada podrían hacer los esclavos contra la fuerza de los ciudadanos armados. Blandiendo la espada de Marte en contra de Bolivia y Perú, Chile realizaría una obra de «humanidad» porque derrotados «los tiranuelos» los habitantes de aquellas naciones levantarían sus cabezas para entonar un himno de gratitud a favor de sus liberadores202. En el marco de una guerra que se planteó como cívica, los conceptos fundamentales de la economía política, especialmente la idea de que era posible combinar el bien común y la gratificación personal, fueron trastocados entre amplios sectores de la población chilena. Así, el conflicto armado con sus vecinos trajo a la superficie las imágenes del republicanismo clásico en el cual el interés personal debía ser reprimido para dar paso a la acción comunitaria. El tema del sacrificio personal, tan caro a las asociaciones civiles, a las milicias y a la prensa en armas, fue puesto en evidencia en innumerables ocasiones. Para el presbítero Evaristo Lazo, la guerra demandaba que cada chileno se despojara de «sus mezquinos ahorros» y los destinaran a inmortalizar la memoria de los héroes muertos en combate203. En una carta enviada a Vicuña Mackenna por Amelia Gándara de Christie, esta señora sugería que las mujeres de Chile se desprendiesen de sus alhajas, cuyo oro debía ser fundido para hacer las medallas que la república debía otorgar a los héroes nacionales. En su respuesta, el periodista y político recordó que en 1818 las señoras de Santiago hicieron «en masa y sin reserva la oblación patriótica» sugerida por Christie204. Era indudable que este ejemplo de desprendimiento de los bienes materiales con los que se inauguró la república debía ser compartido por toda la población. Los niños chilenos debían formar desde su más tierna edad «un concepto de que ni los negocios, ni el dinero, ni la holganza, ni el fastuoso egoísmo» eran todo a lo que se debía aspirar en «el tránsito corto de la vida» (Vicuña Mackenna, 1930, pp. 37-39). Los medios escritos crearon la oposición entre el interés público y el privado. Actos de caridad como el de las feligresas de Santa Ana, quienes enviaron a Santiago varias docenas de calzoncillos de tocuyo, una cantidad similar de almohadas con sus respectivas fundas, muchos paquetes de hilas, vendas con medallas de la virgen del Carmen, sabanas, pañuelos y camisas de género205, fueron contrapuestos al egoísmo de «los mercaderes» para quienes la guerra era un negocio más. Chile debía acabar con todos aquellos que traficaban con la honra y con los «intereses del pueblo». Porque resultaba un verdadero escándalo que una guerra que causaba tanto daño a la nación llenara «las cajas vacías de los 100
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