Guerreros civilizadores

republicano había nacido de una ruptura cruenta y violenta con la tiranía, se consideraba como justo y moralmente bueno acudir al expediente de la violencia para defenderlo de estos u otros «usurpadores»192. En «El decreto del despojo», publicado en el Diario Oficial a pocos días del desembarco en Antofagasta, los vacíos legales del «monstruoso decreto» mediante el cual Bolivia desconoció las «solemnes obligaciones» contraídas con la república de Chile fueron presentados en detalle al público lector. El supuesto, defendido por La Paz, era que su derecho como parte contratante en un convenio privado era superior al que Chile obtuvo en «un pacto internacional y solemne». Los bolivianos intentaban defender «la extraña teoría» de que los tratados públicos cedían ante necesidades que modificaban o interpretaban los derechos civiles en las naciones que los celebraban. Siguiendo esa doctrina, comentaba el editorial que fue reproducido en varios diarios provincianos, los tratados no tendrían objeto, las relaciones internacionales carecerían de seriedad y consistencia y, como consecuencia de ello, desaparecería la personería jurídica de las naciones193. Una nación que no sabía respetar lo que prometía, afirmó Belfor Fernández, en un multitudinario mitin en Talca, no merecía tal título y menos tener relación con otras naciones. Por proceder como una «farsante» que no respetaba su palabra Bolivia se hizo indigna de medir su diplomacia con la diplomacia chilena. El problema mayor era que Chile había sido humillado y su honor mancillado por la actitud injusta de una república antes amiga194. Isidoro Errázuriz, compañero de Máximo Lira en la memorable jornada porteña que antecedió al desembarco en Antofagasta, colaboró en la forja del templete intelectual que permitió explicar la guerra de la nueva independencia que Chile debía pelear, esta vez, contra sus propios vecinos. El protocolo conceptual que Errázuriz estrenó en Valparaíso —y que fue reproducido por otros oradores y periodistas chilenos— provenía de la vieja tradición de la guerra cívica, la de los pueblos en armas. Por ello, no sorprende que en el inicio de su discurso pronunciado en la plaza de la Intendencia el tribuno subrayase el compromiso bélico que Valparaíso — la «primera de las ciudades» dispuesta a «ocupar el puesto del deber»— tenía con la república en armas. Entre los logros más importantes del liberal chileno estuvo el haber incorporado una guerra inédita e imprevisible dentro de una matriz referencial. En efecto, Errázuriz estableció tempranamente las conexiones entre un evento único, como el iniciado en 1879, y una cadena de recuerdos que permitían procesarlo 96

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