cruzada por el honor y por la defensa de los valores de la civilización universal que Chile creía representar. La palabra «elocuente y enérgica» cuya fuerza residía en el parlamento y en los mítines, así como en «los órganos de publicidad», tuvo por objeto evidenciar «la perversidad de los pérfidos y cobardes enemigos», haciendo hincapié en la fragilidad de sus argumentos. Fueron los periódicos los que publicitaron una serie de rituales unificadores, como fue el caso de los funerales de Estado para los caídos en combate, y se convirtieron en un campo de disputa interna. Así, las provincias aprovecharon la catarsis de la guerra para ajustar cuentas con La Moneda. La participación de las provincias en el esfuerzo bélico les proveyó de la legitimidad para denunciar en sus periódicos la intromisión de Santiago en decisiones que les competían exclusivamente a los gobiernos locales. En virtud de ello, un periodista copiapino señaló que «las gentes de la capital estaban imperando en todas las provincias» y merced a su voluntad muchos de los nombramientos realizados durante la guerra por las autoridades locales fueron «anulados por otras enviadas desde la metrópoli»182. La representación y la opinión pública —los dos pilares del sistema republicano— junto con la demanda por la incorporación geográfica y la igualdad de oportunidades fueron algunos de los argumentos esgrimidos a partir de febrero de 1879 por «los pueblos en armas». Su demanda dirigida tanto al Estado como a sus autoridades locales buscó el reconocimiento que las provincias creían en justicia merecer. El aporte a la causa bélica de pueblos como el de Lomas Bayas, cuyos vecinos se quejaron de que su lista de erogaciones no estaba recibiendo la suficiente publicidad en Santiago y de que podía pensarse que «no eran chilenos», fue un tema discutido con frecuencia por la prensa provinciana183. La participación de las provincias en el frente interno así como en el externo no solo colaboró en reforzar su sentido de identidad sino que permitió que múltiples localidades descubrieran su potencial organizativo e incluso demandaran a La Moneda ser incorporados en un sistema económico del que se sentían marginadas. Ya era tiempo, sostuvo en plena guerra un periodista de la aislada comuna de Florida, de que el gobierno repartiera «en la misma proporción las cargas y beneficios» entre todos184. «Todos los chilenos», señalaba un editorial de La Reacción de Talca, «tenemos el perfecto derecho para exigir al gobierno la victoria, cuando hemos puesto y seguimos acumulando en sus manos todos los medios para alcanzarla»185. Al mismo tiempo que subsidiaban una maquinaria de guerra muy costosa, 93
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