Guerreros civilizadores

CAPÍTULO 2. LA GUERRA CÍVICA «Cada ciudad, cada corporación, cada individuo estamos en la necesidad de hacer nuestra la declaración de guerra y de coadyuvar al gobierno con todos los elementos y recursos ordinarios y extraordinarios que estén a nuestro alcance». Sesión de la Municipalidad de Valparaíso, 6 de abril de 1879 «En Valparaíso, Atacama, Santiago y Concepción se organizan cuerpos de voluntarios dispuestos a sacrificarse por la patria. Aconcagua, Colchagua y Curicó ofrecen a beneficio de la Guerra los abundantes frutos de la tierra; los hijos de Maule, de Linares y del Ñuble abren erogaciones para los deudos de los que perezcan en defensa de nuestra honra; y Talca, la heroica Talca en cuyo suelo nació el primer valiente que derramó su sangre por nuestra patria, se sacrifica y afana por servir a nuestro ejército para no desmentir un punto de su pasado lleno de justa y legendarias glorias». La Reacción, 10 de abril de 1879 «La opinión pública es razonable emplazando al gobierno, y este no lo sería menos obedeciendo a la opinión siquiera por esta vez». El Moscardón, 13 de setiembre de 1879 En las conclusiones de su Historia de la Guerra del Pacífico, Gonzalo Bulnes destacó la peculiaridad de la conflagración internacional que él se encargó de narrar a sus conciudadanos. La Guerra del Pacífico, anotó el hijo del vencedor de Yungay, no fue la obra de un ejército «de tal o cual número como el de 1838» que salió de Chile y volvió con su general a la cabeza. En 1879 la gloria le correspondió a «una nación en armas» que debió luchar por su existencia. Ante la amenaza de dos países que se unieron con el propósito de destruirla era lógico que la república mancillada no solamente se contentase con los honores de la victoria. Los vencedores tenían derecho a una recompensa muchísimo mayor. Siguiendo con ese argumento, la captura de Tarapacá fue el primer paso para evitar 90

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