Guerreros civilizadores

la línea de frontera, hecho que retribuiría —en parte— los grandes padecimientos acarreados por el conflicto. Altamirano recordaba, como en su momento lo sugirió Isidoro Errázuriz, que los territorios situados al sur de Camarones debían su desarrollo y progreso a una combinación de capital y trabajo chilenos: el desierto había sido «fecundizado con el sudor de los hombres de trabajo antes de ser regado con la sangre de los héroes». Por último, y aquí probablemente el plenipotenciario intentó refrescar la memoria de los norteamericanos aludiendo a la impresionante amputación territorial sufrida por México unas décadas atrás, la historia de las guerras modernas estaba indisolublemente asociada a rectificaciones fronterizas de distinta naturaleza («Protocolos de la Conferencia de Arica», en Ahumada, 1982). Una vez planteado el temario de la discusión, que en lo medular estaba asociado a la transferencia de soberanía de una región con un potencial económico extraordinario, bolivianos y peruanos tomaron la palabra para articular una nutrida defensa desde la trinchera del republicanismo continental. Abriendo fuegos, el plenipotenciario Mariano Baptista partió su alocución recordando a los presentes el «porvenir continental» de América del Sur («Protocolos de la Conferencia de Arica», en Ahumada, 1982). Aquel inédito núcleo de cohesión que afloró tempranamente durante la gesta independentista —gracias al cual se obró «como una sola familia, sin distinción de pabellones, empujados por el Plata, confundidos en Chile, agrupados en una sola fuerza en el Alto y Bajo Perú»— se veía hoy nuevamente amenazado por el germen de la disolución. Así, la Guerra del Pacífico no solo fracturaba la hermandad de repúblicas vinculadas por geografía e historia, sino que además instalaba un segundo momento de crisis en la región desde el incómodo precedente de la invasión a Paraguay. Por lo mismo, el representante boliviano advertía a los presentes que la aceptación de los requisitos impuestos por el gobierno chileno significaría recrear en el continente un escenario de «vencedores y vencidos», donde los últimos abrazarían «el sordo trabajo del desquite», mientras los primeros se afanarían en la estéril tarea de impedirlo («Protocolos de la Conferencia de Arica», en Ahumada, 1982). La reacción de la contraparte fue clara y contundente. Si bien Chile buscaba una paz estable en conformidad con sus intereses presentes y futuros, esta en ningún caso podía lograrse ignorando el poder del que ahora disponía para conseguir sus objetivos, los esfuerzos hasta la fecha comprometidos y las fundadas aspiraciones nacionales de su pueblo. Solo 74

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