Guerreros civilizadores

plenamente convencidos de que se debía obrar con rigor, informaba de los esfuerzos de ambos por «entonar» a Lillo, quien por momentos parecía ser presa de la piedad para con bolivianos y peruanos («Protocolos de la Conferencia de Arica», en Ahumada, 1982)174. El 25 de octubre los plenipotenciarios se reunieron nuevamente a bordo de la corbeta norteamericana. En esa ocasión, Antonio Arenas señaló que luego de un estudio detenido del documento preparado por la contraparte, se encontraba en capacidad de expresar a nombre del Perú que el texto anulaba toda posibilidad de una «discusión razonada y tranquila». Según el análisis de Arenas, la primera proposición de la minuta constituía un obstáculo «insuperable» para la paz, pues Chile había logrado una serie de ventajas a lo largo de la guerra, entre las que se contaba la ocupación de unos territorios que nunca estuvieron en disputa. La invasión militar había significado la apropiación de un título de dominio no solo ilegal, sino también incompatible con las instituciones republicanas que desde la Independencia regían en América. La república peruana no podía consentir que se le despojase de Tarapacá y menos aún del que constituía «la fuente principal de su riqueza». Una paz que tuviera por base la desmembración territorial era «una paz imposible», el sentimiento nacional la rechazaría y la continuación de la guerra sería inevitable175. Como americanos, los delegados peruanos deploraban el rumbo que las negociaciones estaban tomando. Arenas se aventuraba, incluso, a sugerir que el inminente fracaso de la conferencia tenía su explicación en «el influjo de ciertas pasiones» que se ofuscaban en presentar como necesaria una «lucha de exterminio», cuyas consecuencias, si no se controlaban, se sufrirían más adelante («Protocolos de la Conferencia de Arica», en Ahumada, 1982). Prosiguiendo con la ritualidad republicana ya instalada, en la cual la elocuencia y la civilidad fueron las piezas maestras de una justa retórica que corrió en paralelo a la «guerra mortal» que se peleaba en el campo de batalla, Altamirano tomó la palabra para manifestar el dolor que había significado escuchar el discurso de Arenas176. Con sus palabras quedaba claro que «toda esperanza de paz inmediata» estaba perdida. Advirtiendo que ni él ni sus colegas tuvieron el propósito de ofender a los delegados peruanos y bolivianos, el plenipotenciario dejó constancia de que su gobierno no era imputable por los hechos que habían puesto en armas a tres naciones que debían actuar como hermanas. Si bien Chile buscaba una paz sólida, también consideraba justo recompensar el sacrificio de sus hijos. En ese sentido, la única manera de resguardar la paz era avanzando 73

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx