Guerreros civilizadores

Antonio Arenas y Aurelio García y García. Thomas Osborn dio inicio a la conferencia el 22 de octubre de 1880 en presencia de la oficialidad completa del Lackawanna172. En su intervención comenzó aludiendo al sincero propósito de conseguir el «alto objeto» para el cual se había convocado a los respectivos plenipotenciarios. Si bien las bases bajo las cuales podía celebrarse una paz «honrosa y duradera» eran competencia exclusiva de Bolivia, Chile y el Perú, los Estados Unidos ofrecían su cooperación siempre y cuando esta participación fuera estimada como necesaria. Luego de la presentación y canje de los respectivos plenos poderes, Eulogio Altamirano tomó la palabra para subrayar el aprecio de su gobierno por los esfuerzos de los representantes de la Unión Americana. Chile reconocía la magnitud de esta contribución a la causa de la paz; sin embargo, advertía que su delegación buscaba un desenlace inmediato al conflicto internacional. Precisamente por ello, y siguiendo un criterio meramente práctico, anunció la presentación de una minuta con las proposiciones que, a su juicio, debían servir de base al tratado de paz173. Ante este escenario, era menester que el delicado asunto se resolviera con toda la brevedad posible. A continuación, el abogado y parlamentario peruano Antonio Arenas resaltó la positiva acción de la «Gran República Americana», la que se hallaba empeñada en terminar con las diferencias que separaban a tres repúblicas «antes hermanas». El objetivo del gobierno peruano era llegar a una paz honrosa para el Perú, para Bolivia y para Chile, y por ello sus delegados estaban dispuestos a sujetarse a las prescripciones del «honor y la justicia» definidas por los Estados Unidos. Arenas aseguró que la minuta de proposiciones del gobierno chileno sería estudiada con detenimiento y seriedad por la delegación peruana, para lo cual solicitó el «tiempo indispensable» que permitiera revisar el documento entregado («Protocolos de la Conferencia de Arica», en Ahumada, 1982). En carta privada al presidente Aníbal Pinto, fechada el 22 de octubre de 1880, Altamirano comentaba sus esfuerzos por eliminar de la minuta «la aspereza de un ultimátum», que era en realidad la naturaleza de la propuesta chilena a sus adversarios. Transmitía, asimismo, su certeza de que los representantes de Bolivia y Perú estaban al tanto de la situación hegemónica de Chile y que por ello resultaba imprescindible que la delegación que él presidía apretara «la cuerda» para que los debilitados aliados perecieran luego, pues una agonía prolongada resultaría mucho más cruel. Después de asegurar a Pinto que tanto él como Vergara estaban 72

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