Guerreros civilizadores

Mientras que Alberto Blest Gana peleó la guerra diplomática en Europa, las vanguardias político-militares chilenas avanzaron raudas hacia la conquista del territorio enemigo. De esa manera se fueron cumpliendo los designios del Estado cuyo propósito fundamental fue la búsqueda de su autonomía política y económica en el norte. Sin embargo, para que ello ocurriera fue necesario enfrentar antes el poder de los Estados Unidos de América y redefinir el sustento ideológico del republicanismo liberal. Hay que recordar que la Guerra del Pacífico no suscitó un inmediato interés en el gobierno norteamericano. Aun cuando la prensa estadounidense describió detalladamente las acciones bélicas e incluso opinó sobre ellas168, fueron los representantes de Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia quienes tomaron la iniciativa en el asunto169. Entre las razones que explican la indiferente posición inicial de Washington, cabe mencionar el enorme esfuerzo económico que supuso la reconstrucción del sur luego de la guerra civil, las demandas asociadas a la expansión sobre el oeste y la solución de las diferencias territoriales con México, pendientes desde la guerra de 1846-1847. Lo anterior no impidió, sin embargo, que en 1880 el secretario de Estado del presidente Hayes, William M. Evarts, convenciera a su gobierno respecto a la necesidad de una intervención diplomática en Sudamérica, pues la abstención podía contribuir peligrosamente a la hegemonía de los intereses europeos en la región170. Así, en julio de ese año, Evarts enviaba una circular al ministro norteamericano en Santiago, Thomas Osborn, recomendando la creación de un clima favorable para un eventual arbitraje estadounidense171. Cumpliendo con las instrucciones recibidas, el 6 de octubre Osborn dirigía un oficio al ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Melquíades Valderrama, ofreciendo formalmente la mediación de Estados Unidos, moción que fue aprobada por las autoridades de Santiago. Similares instrucciones recibieron los ministros norteamericanos en Lima y La Paz —Isaac Christiancy y Charles Adams, respectivamente— quienes también lograron la aquiescencia de los gobiernos peruano y boliviano. En un contexto de crispación y desconfianza mutua, donde los cónsules norteamericanos incluso fueron acusados de extralimitarse en sus atribuciones diplomáticas, los delegados chilenos —Eulogio Altamirano, José Francisco Vergara y Eusebio Lillo— abordaban el Lackawanna por simple condescendencia con el presidente Aníbal Pinto, pues no abrigaban fe alguna en el destino de la cita (Barros, M., 1970, p. 366). Un escepticismo similar embargaba a la delegación peruana, conformada por 71

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