usar el nombre de amigos para embarcar los pertrechos militares que fue adquiriendo diligentemente155. «Lo importante y lo trascendental» para Blest Gana era la guerra y todos los asuntos relacionados con ella, los cuales, opinaba, debían resolverse en secreto. Sus redes —que abarcaron Londres, Amberes, París, Bruselas y Hamburgo— permitieron que para mediados de 1879 pudiese embarcar «una espléndida provisión de elementos de guerra» con destino a Chile. En carta a Pinto le anunciaba que el Glenely llevaría a su patria diez mil fusiles y dieciséis cañones de Armstrong con todo lo necesario para entrar en campaña. A la lista anterior deben agregarse los dos cañones Armstrong de última generación que junto con ocho cañones Krupp y seis mil fusiles Chasspot recibió de los proveedores europeos en calidad de «prueba»156. En un sumario de su labor, escrito en setiembre de 1879, Blest Gana estableció que, a partir de la declaratoria, había remesado once mil fusiles transformados y Nanepot, a lo que debían agregarse cuatro mil fusiles en embarques sucesivos junto con vestuario y millones de balas157. Entre las tareas que La Moneda le asignó a Blest Gana estuvo la de evitar que los enemigos sacaran armas de Europa, una misión considerada por él como bastante complicada, pero que llevará adelante mediante sus variados contactos personales, una red de espías estacionados en los principales puertos del viejo continente158. Para evitar que los peruanos comprasen armas no se omitió «precaución alguna ni arbitrio imaginable»159. No obstante, el esfuerzo que en sus palabras lo tuvo preso de «una fiebre» y de un «desconsuelo» permanente, la labor de Blest Gana, que era obviamente el contrabando de guerra, fue criticada por la prensa chilena y por autoridades del gobierno. Echaurren, por ejemplo, lo acusó de enviar a Chile vestuario militar apolillado160. En diferentes oportunidades el diplomático se vio obligado a defender su honor y reputación frente a las «temerarias calumnias» e «intrigas del partido opuesto»161, explicándole al presidente lo que significaba proveer armas a un país que se encontraba a cuatro mil leguas de distancia de sus proveedores y que, además, pretendía pelear una «guerra a la prusiana»162. Blest Gana, a quien las críticas le provocaron un gran desencanto, se permitió recordarle a Pinto los servicios excepcionales que la legación bajo su mando prestó a la nación, subrayando que la plata que el gobierno le confió fue empleada de acuerdo a la mejor conveniencia del Estado al que creía servir con empeño163. 69
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