Guerreros civilizadores

Rafael Sotomayor Las cartas de Sotomayor nos acercan a un hombre de acción poco interesado en la teoría política. Es importante recordar que su labor en las décadas de 1850, 1860 y 1870 —dirigida a solidificar el orden, la cultura, la educación y la magra economía chilena— da cuenta de su inclinación por un modelo práctico y realista, de inocultable estirpe portaliana (Ruz, 1980, p. 68). Es por ello que no resulta una coincidencia la estrecha conexión entre Sotomayor y el monttvarismo. El trabajo político de Sotomayor a favor de los Nacionales, documentado a través de las docenas de misivas que reposan en su archivo privado, colaboró en el triunfo de la candidatura de Montt en el sur. Cabe recordar, por otro lado, que la vieja enemistad entre los liberales y Sotomayor, que para 1879 era un asunto del pasado, tuvo que ver con su labor como informante del gobierno conservador y, también, con su actividad represora durante la revolución de 1859. Sin embargo, cuando el presidente decidió otorgarle a los pocos meses de declarada la guerra la suma del poder del Ejecutivo, era indudable que mucha agua había pasado bajo el puente de la pragmática política liberal chilena. Desde un primer momento, el representante de La Moneda en el teatro de operaciones defenderá la idea de imponer «mano dura» en el ejército. La disciplina era, en su opinión, la única manera de cambiar en corto tiempo los hábitos de incompetencia y los elementos disolventes que parecían «traídos a propósito para aumentar el desorden, la confusión y la anarquía» en los campamentos de los expedicionarios143. Entre los temas que Sotomayor discutió con Pinto sobresale el espinoso asunto de los ascensos militares, en especial el hecho de que los partes militares no reflejaban toda la verdad de lo que acontecía en el campo de batalla144. Otro asunto que también afloró en las misivas entre los miembros del comando bifronte fue la preocupación por la impericia, la indolencia y el lenguaje arcaico de los generales. La creciente intervención de sus «secretarios», como fue el caso del «inquieto, hablador e intrigante» Subiria, al servicio de Escala o el de los hijos periodistas del general Arteaga, ocasionaba serios problema para la conducción eficaz de la guerra. Al racional Sotomayor simplemente lo sacaban de quicio los «mamarrachos ridículos» que surgían de la mente afiebrada de algunos generales y de sus asesores civiles145. Si bien las cartas de Sotomayor a La Moneda muestran a un hombre fatigado por los conflictos al interior del ejército, también brindan luces sobre su titánica tarea, la cual fue echar a andar una maquinaria de guerra 65

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