Guerreros civilizadores

acusación contra Villagrán luego de la batalla de Tacna puede entenderse como consecuencia de la injerencia del gobierno en la cuestión de los ascensos, una situación sobre la cual Baquedano se quejó en varias oportunidades al jefe de Estado. Al militar se le acusó de diseminar «un funesto espíritu» sobre sus camaradas de armas y de constituirse en la voz de «la queja y la recriminación» contra una administración que aparentemente no quiso escuchar la opinión del ejército respecto a los ascensos140. Porque si bien la utilización del valor como parámetro para la promoción fue vista como un asunto complicado, la administración de Pinto y luego la de Santa María se valió de ese criterio para encumbrar a una serie de personajes, entre ellos a Lynch. Hay que recordar que cuando Santa María se reunió con los comandantes en Antofagasta se barajó la idea de elevar a Patricio Lynch, a quien se consideraba como un «hombre racional», «activo y valiente». Sin embargo, su tiempo de gloria aún no había llegado. Al futuro vicealmirante, con el cual el ejecutivo creía poder entenderse bien, lo perseguía la sombra de «sus calaveradas pasadas»141. El fulgurante ascenso de Lynch, quien de comandante encargado de abastecimientos pasó a convertirse en el representante del Estado chileno en el Perú, es un claro ejemplo de la manera como la dinámica de la guerra junto con las habilidades de sus «directores supremos» colaboraron en promocionar nuevos cuadros tanto civiles como militares capaces de llenar las expectativas de «Chile nuevo». V. EL ESTADO GUERRERO Y SUS DILEMAS Rafael Sotomayor fue el representante preclaro de un Estado que se desdobló y se convirtió, tal como su ejército, en una unidad en perpetuo movimiento142. El nombramiento de Sotomayor como «Comisario General del Gobierno con poderes de Presidente en Campaña» —un cargo que no tiene parangón en la historia de Chile— hizo posible que la figura presidencial se desplegara a miles de kilómetros de Santiago y también que un fiel heredero de la tradición portaliana asumiera la difícil tarea de ejecutar «el pensamiento del gobierno» sobre un ejército celoso de sus fueros a la vez que fracturado por la competencia interna. Desde Antofagasta hasta Tacna, donde encontró una súbita muerte, el hombre formado en las canteras del monttvarismo, para quien el abstracto «patria» era más importante que los hombres de carne y hueso, debió lidiar con la inercia y la ineptitud de los generales, las intrigas y rencillas personales de 63

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