mayoritariamente agrario, atentó contra el espíritu de cuerpo sobre el que tradicionalmente se sostuvo el viejo ejército chileno. La cultura del «premio al buen soldado» que apenas iniciada la guerra se instaló en el imaginario tanto de los oficiales como de la tropa, modeló un nuevo comportamiento en el que los logros se asociaron al mérito y al coraje que cada combatiente debía exhibir en el campo de batalla. En el discurso pronunciado por Isidoro Errázuriz con motivo de la multitudinaria despedida del regimiento 3º de línea, el político y periodista subrayó el hecho de que «la patria» tenía «sus ojos fijos» en todos aquellos que partían a defenderla. Así, cada una de las hazañas «ejecutadas por el último tambor» del regimiento serían transmitidas por «los partes militares», encontrando su verdadera recompensa en el aplauso de todo Chile. El regocijo de las familias de los combatientes se haría realidad al hacerse público el coraje demostrado por ellos en el campo de batalla. Errázuriz advertía que al igual que la patria tenía premios y coronas para los valientes, ella no ahorraría en mostrar su «infamia y desprecio para los cobardes»131. La cultura del premio y el castigo público, que no eran solo simbólicos sino que se computaban en el incremento del sueldo y del estatus, influyó de manera profunda en el comportamiento de los combatientes. Cada uno de ellos, escribía Sotomayor, construía con la ayuda de la prensa un romance de su participación en la guerra. Las miles de cuartillas que tenían por objeto llamar la atención de la opinión pública sobre el valor o la cobardía de determinados miembros del ejército nutrieron las páginas de los periódicos, los cuales «distribuían la gloria a su antojo»132. Santa María era de la idea de que este peculiar mecanismo de ascenso simbólico en cuyo proceso participaban militares de menor rango, los periódicos y el público lector, era la causa directa de la soberbia de la tropa y del desprestigio de los jefes (Bulnes, 1911-1919, II, p. 33). Santa Cruz estuvo convencido hasta el día de su muerte de que él fue una de las víctimas de una de las tantas campañas mediáticas en las cuales lo que estaba en juego era no solo el tan deseado ascenso castrense sino un lugar en el panteón nacional. Luego de la batalla de Tarapacá, en la que Santa Cruz desempeñó un papel controversial, el jefe de zapadores se enteró por los periódicos del contenido de los partes militares, firmados por el comandante José Velásquez. Ahí el artillero sembró la duda sobre «el honor y reputación» del zapador. La larga polémica entre Santa Cruz y el mayor Fuentes (quien aparecía como testigo del mal comportamiento del 61
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