opina que esta imagen de un ejército reducido en sus cuadros, con material anticuado y dedicado a actividades de guarnición en la frontera araucana cambió radicalmente durante la Guerra del Pacífico. Los cuerpos de línea fueron retirados de la frontera y pasaron a constituir la base del ejército, que debió movilizarse aceleradamente para pasar de un número de 3000 a los 15 000 hombres (Rodríguez Rautcher, 1988, pp. 11-18). El análisis de la correspondencia escrita por Ricardo Santa Cruz, comandante del regimiento Zapadores y héroe de Pisagua y Tacna, permite atisbar algunas de las tensiones que debió enfrentar aquella entidad compleja que en pocos meses pasó de guardián en la frontera sur a máquina de guerra del Estado chileno en la frontera norte. Santa Cruz (1847-1880) es una figura controversial. Mientras que el general Baquedano y Fernando Ibarra lo acusaron de ser uno de los principales responsables de la derrota en Tarapacá (Ibarra, 1895)129, historiadores de la talla de Diego Barros Arana o Benjamín Vicuña Mackenna lo describieron como un militar valiente y destacado cuya principal preocupación fue colaborar en la modernización de su institución. Ahí el melipillano se propuso introducir, con escaso éxito, las nuevas tácticas de guerra, inglesa y francesa, que tanto le entusiasmaron (Vicuña Mackenna, 1883-1885, I, p. 69; Barros Arana, 1914, XVI, pp. 236-237)130. La lectura de la correspondencia privada de Santa Cruz nos permite ingresar en el universo mental de un militar convencido de que «el arte de combatir» debía variar radicalmente en Chile. Este espíritu innovador que lo estimuló a aprender los secretos de «la guerra moderna» chocó con las «añejas preocupaciones» castrenses que «impugnaban» todo tipo de cambio al interior de la corporación militar. El mayor problema para Santa Cruz era que el ejército de Chile mantenía las tácticas de San Martín y Napoleón (Fernández Larraín, 1963, p. 89). Aparte de ser un fiel reflejo de la preocupación de un oficial moderno desanimado por la inercia de sus superiores, la correspondencia de Santa Cruz muestra la búsqueda casi obsesiva del zapador por el reconocimiento público. Al comandante lo animaba el claro convencimiento de que si se «acreditaba bien» ante sus superiores lograría preservar «su nombre para la historia» (p. 91). La enorme preocupación por el reconocimiento individual, una tendencia que desató una agresiva competencia al interior de la fuerza expedicionaria, no fue un privilegio de Santa Cruz. Esta actitud, que guarda una estrecha relación con los valores de aquel «Chile nuevo» individualista y competitivo que luchaba por imponerse en un país 60
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