territorio enemigo. Cabe recordar que históricamente el ejército profesional de Chile era pequeño. Si nos atenemos a las expresiones de un testigo de la época, la tropa estaba compuesta por «semi indios ignorantes y salvajes» que habían demostrado pelear como «demonios», en el sentido de que mataban, saqueaban y quemaban con una ferocidad sin paralelo en la historia. El comando militar lo formaban oficiales «al estilo español» (Sater & Herwig, 2005, cap. 1; Sater, 2007, pp. 68-69). Chile poseía una escuela militar pero la crisis económica no había permitido que ella cumpliera su misión a cabalidad. Esto, junto al declive de los estándares académicos y de la disciplina —los cadetes se rebelaban con frecuencia— forzó al gobierno a cerrar sus puertas en 1876. La ausencia de enemigos externos, hasta lo ocurrido en 1879, no significó que Chile escapara a los horrores de la guerra como ocurrió con los araucanos, un caso analizado anteriormente. A pesar de que el permanente enfrentamiento contra los llamados «indios bárbaros» mantuvo a los militares ocupados, el ejército chileno no se encontraba preparado para sostener una conflagración internacional de la magnitud de la que se desencadenó en febrero de 1879. Sus unidades eran pequeñas, escasas de material y su organización respondía, más bien, a las necesidades que, como hemos visto anteriormente, imponía la guerra en la frontera sur. El ejército de línea, «espina dorsal» sobre la cual se improvisaron las necesidades de la campaña (Bulnes, 1911, I, pp. 188189)127, estaba integrado por cinco batallones de infantería, dos regimientos de caballería y un regimiento de artillería128. De acuerdo a Theodorus Mason, quien en 1883 escribió a pedido del departamento de navegación de la armada norteamericana un estudio sobre la conflagración trinacional, el ejército regular chileno nunca había excedido los 3500 hombres, reunidas todas sus armas. Por no gozar de los avances de una educación técnica y por exhibir un conocimiento limitado de operaciones militares complejas, los oficiales chilenos se encontraban en una situación mucho más precaria que las tropas bajo su mando. En virtud de ello, las tácticas y movimientos del ejército reflejaban, como lo hemos visto anteriormente, las consignas de los manuales españoles, que solo trataban de fusiles de carga por la boca y no consideraban el uso de armas modernas (Mason, 1971, pp. 23-25). Al momento de estallar la guerra, no existían servicios logísticos de bagaje, intendencia ni sanidad, y la Guardia Nacional, organismo que fue abolido en 1876, carecía de lo indispensable para desarrollar una instrucción aceptable. Sergio Rodríguez Rautcher 59
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx