Guerreros civilizadores

Europa asesores militares para entrenar al ejército expedicionario. La tarea de esa suerte de embajadores de la modernidad militar sería brindar conocimiento técnico a los viejos generales que en plena «Era del Capital» peleaban aún con las tácticas de Napoleón123. Santa María, por otro lado, sugirió la formación de batallones cívicos con cierta autonomía en relación al ejército. Su recelo frente a la falta de competencia y a las desavenencias que surgían entre los jerarcas militares lo empujó a sugerir crear dos batallones que podrían ser usados «en caso de apuro»124. A estas alturas del relato resulta claro que la causa de ese largo proceso de error-acierto que tanto impacientó a los «directores supremos» y que tuvo uno de sus puntos más bajos en la batalla de Tarapacá, fue la persistencia tanto de las viejas prácticas militares como de la cultura corporativa que les sirvió de sustento. Así, tanto el «físicamente frágil y mentalmente impedido» Justo Arteaga como el ultramontano Erasmo Escala, se vieron forzados a renunciar en medio de una andanada de críticas contra sus respectivas gestiones. El victorioso Manuel Baquedano, un veterano de las guerra en Arauco que terminó por asumir el comando militar, mostró también serias limitaciones tácticas, como su preferencia por los ataque frontales que, como «la formidable y sangrienta embestida a la chilena» ensayada en la batalla que marcó la victoria en la capital peruana, tantas vidas le costó a su patria. Sin embargo, el modelo del viejo guerrero, descrito por Altamirano como un hombre de «cabeza débil» y de «cerebro pequeño», provenía de una realidad donde la lealtad y la deferencia eran los valores supremos (Errázuriz, 1882, p. 74)125. Si Baquedano logró despertar el respeto de la tropa fue porque el general comprendía muy bien la dinámica compleja de aquel mundo corporativo, cruzado por múltiples relaciones verticales, que los operadores de La Moneda intentaron, sin éxito, desbaratar. La guerra trajo a la superficie las tensiones al interior de un ejército que tal como el Estado y la sociedad que representaba se debatía entre viejos y nuevos paradigmas. Por un lado, el conglomerado castrense —que actuó como vanguardia de una república en guerra— intentó preservar los fueros y prerrogativas del pasado frente a los avances de un Estado cuyos operadores demandaban eficiencia y racionalidad126. Por el otro, y con la finalidad de sobrevivir una guerra larga y difícil, los «soldados de la república» se vieron forzados a adaptarse a intensos y desconocidos ritmos que, como la competencia interna y el uso de tecnología de punta, permitieron que se alcanzara el objetivo supremo que era la penetración en 58

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