Guerreros civilizadores

era reconocido por los oficiales bajo su comando. Su exagerada devoción católica lo ponía en ridículo a los ojos de sus compañeros, quienes le censuraban también su falta de disciplina en un campamento, que por la condición de los jefes y de sus favoritos, estaba plagado de chismes. Santa María pronosticaba que Manuel Baquedano cumpliría con su deber en el campo de batalla de la misma manera que lo hacía en su cuartel. Creía que no se podía esperar ni exigir más de él. Respecto a Manuel Villagrán, el militar que era considerado como el «más inteligente» de todos, fue su excesiva ambición por el dinero lo que lo descalificó para la tarea de ejercer el comando general. Una salud frágil no permitió, por otro lado, que el comando recayera en manos de Basilio Urrutia. En el caso de la escuadra, sometida por varios meses a la presión del «Huáscar» hasta que el legendario monitor fue capturado en Punta Angamos, el gran nudo era tener que soportar los exabruptos y temeridades de su comandante William Rebolledo, un hombre «presuntuoso» y «dócil a la lisonja» que no oía consejos y que se rendía ante cualquier contratiempo. El grupo que lo rodeaba, entre quienes destacaba su secretario Walker, lo tenía convencido de que sus aparentes «glorias» lo llevarían, con el apoyo conservador, a la presidencia de la república. La rivalidad entre el ejército y la armada, unida a los faccionalismos que percibía entre los marinos, fueron, junto con su pobre impresión de Simpson, algunos de los asuntos que Santa María describió con lujo de detalles a Pinto121. La lectura de la correspondencia cursada entre Pinto y Santa María, y más adelante la que también envió a La Moneda el presidente en campaña Rafael Sotomayor, permiten constatar las serias limitaciones que exhibió el brazo armado del Estado chileno. Dentro de un contexto bastante dramático, en lo que se jugaba no era tan solo la victoria militar sino «la salvación del país», Pinto era de la opinión de que la guerra que lo enfrentaba con dos enemigos numéricamente superiores se daba «en condiciones muy raras». En efecto, nada era más extraño que pelear sin un general a cargo del ejército. «Hacer la guerra sin General en Jefe», un hecho que el presidente comparó al acto de echar a andar una máquina sin un maquinista competente, era una situación inédita en la historia mundial y era por ello que correspondía a La Moneda «la gloria de haber resuelto ese problema»122. Fue probablemente a partir de la constatación de una carencia estructural que el diplomático Alberto Blest Gana, destacado en las legaciones de Gran Bretaña y Francia y de las cortes europeas, se permitió escribirle al presidente para sugerirle la idea de contratar en 57

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