Guerreros civilizadores

solo terminó con el inicio de la Guerra del Pacífico (Ortega, 2005, p. 404). Además de verse forzado a administrar una crisis económica que, ante la negativa de los senadores y diputados por imponer nuevas contribuciones, lo obligó a contemplar la cesación del pago de su deuda externa116 y de vivir expuesto a las sucesivas interpelaciones organizadas por sus adversarios117, el Estado jefaturado por Pinto debió lidiar con las limitaciones de su ejército nacional. Esta situación no era privilegio de Chile, ya que sus enemigos compartían carencias similares. Sin embargo, existieron elementos muy particulares que complicaron la organización del ejército expedicionario, los que tenían que ver con la naturaleza de una cultura militar reacia al tipo de obediencia que los «soldados de la república» estaban, de acuerdo a Santa María, obligados a rendirle al gobierno118. De una radical mejora en la calidad del armamento (un tema del cual nos ocuparemos más adelante) y de la domesticación de un comando aferrado a sus fueros, prerrogativas e incluso a la manera de dar batalla, dependió en buena medida la operatividad de un aparato estatal decidido a buscar en la frontera las bases materiales de su existencia. En vísperas de la declaratoria de guerra a Bolivia y Perú, el ejército chileno se encontraba bajo las órdenes de generales que, como fueron los casos de Justo Arteaga y de su sucesor Erasmo Escala, no estaban convencidos de las bondades de esa guerra «racional» y a la vez «activa» que diseñó La Moneda para su vanguardia militar. El gobierno, le escribió Eulogio Altamirano a Augusto Matte, no tenía la culpa que todos los generales chilenos fueran «viejos e inútiles»119. El memorándum que Santa María envió a Pinto en junio de 1879, con ocasión de su viaje a Antofagasta para entrevistarse con los comandantes, y las cartas que La Moneda recibió en los meses sucesivos, producto de similares jornadas, nos proveen una imagen bastante completa de ese ente multiforme llamado ejército expedicionario, cuya función esencial fue allanarle al Estado el camino a Antofagasta, a Tarapacá y posteriormente a Lima. Santa María retrató de manera descarnada los pilares del «edificio abatido» — refiriéndose al ejército— que encontró en el antiguo puerto boliviano, el cual, en sus palabras, tardaría algún tiempo en levantarse. La desesperación que confesó sentir el ministro estaba relacionada con la actitud evasiva del general Arteaga, quien «escabulle el cuerpo» a «una empresa superior a sus fuerzas» para la cual no estaba preparado120. Escala, quien estaba dispuesto a morir en «su puesto como un bravo», no contaba con la capacidad para pelear una guerra moderna, un hecho que 56

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