zona —cuya soberanía era peruana— su fuente de nitratos y de iodina. La fabulosa riqueza de la región debía crecer, opinaba el experto, en la medida en que nuevos descubrimientos e investigaciones se realizaran en las montañas que la conectaban con sus orientes. El desierto nortino guardaba asimismo riquísimos depósitos de guano que bordeaban el océano, los que aún no habían sido explotados por los peruanos. Con la finalidad de corroborar su evaluación económica del territorio ambicionado por Chile, Brown hizo mención de una copia que él guardaba de un memorando inédito escrito en 1882 por el presidente peruano Francisco García Calderón. En el mismo se estimaba que los depósitos de salitre de la provincia que el Estado chileno finalmente hizo suya tenían un valor en el mercado de 600 millones de dólares, una cifra que el académico consideraba muy inferior al monto real, que por el potencial futuro de la zona era muy difícil de medir. Brown creía que la decisión de los estadistas chilenos de dar un golpe de alto riesgo, como fue la toma de Tarapacá, tenía que ver con la urgente necesidad de hacerse de los recursos materiales que aquella región poseía en exceso. De esa manera Brown coincidió, tal vez sin saberlo, con la interesante imagen utilizada por Santa María para explicar el gran riesgo que representó para su país el verse súbitamente involucrado en una operación militar inédita en su historia. La apuesta que hizo el presidente Pinto junto con su gabinete de jugar «toda su bolsa a una sola carta» llamada salitre resolvió, al menos en parte, la inocultable precariedad económica del Estado chileno (Browne, 1884, pp. 28-29)115. Desde mediados de la década de 1870 no solo la élite chilena sino una gran parte de su población entendió los problemas por los que debía atravesar una nación periférica en camino hacia el capitalismo. Después de algunos años de auge, el país experimentó en plenitud el impacto de una recesión internacional durante la cual no solo los precios de los productos de exportación declinaron en forma dramática sino que además la división internacional del trabajo forjada durante la segunda mitad del siglo XIX se reordenó de forma profunda, dejando fuera a las exportaciones nacionales. En virtud de ello, se vieron seriamente cuestionados los fundamentos sobre los cuales se había producido la inserción de Chile en la economía internacional y también, hasta cierto punto, aquellos sobre los que descansaba su orden político y administrativo. Luis Ortega sostiene que fue a partir de fines de 1874 que el gobierno de Pinto comenzó a vivir la más severa recesión que atravesó Chile como nación independiente, la cual 55
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