Guerreros civilizadores

por la tropa allí acantonada, la cual carecía de uniformes107. Hasta el más «ardiente patriotismo» se enfriaba, opinaba un periódico de la oposición, al ver que los conductores de la nación solo se preocupaban de «llenarse los bolsillos», dejando de lado la «honra nacional». Para el editorialista de El Taller los descalabros del ejército chileno en el Litoral norte estaban relacionados con la «incomprensible conducta del gobierno», que en una insensata y cobarde decisión, ligada a las «exigencias de los mercaderes», decidió obrar con lentitud sacrificando, así, la honra y la sangre de los chilenos108. A estas alturas del análisis cabría hacerse el tipo de preguntas que probablemente rondaron por las mentes de Pinto, de Santa María, de Varas, de Sotomayor, de Altamirano, de Blest Gana y de todos los que representaron al Estado chileno en el esfuerzo bélico iniciado en 1879. ¿Era posible dirigir una guerra internacional escuchando tantas y tan variadas opiniones como aquellas de «la prensa y el pueblo» que reclamaban airadas por la ocupación inmediata de Calama y de San Pedro de Atacama? ¿Era posible seguir a pie juntillas las directivas y consejos de los que entendían a la guerra no dentro del tiempo real que le tomaba al Estado trasladar centenares de hombres y pertrechos a miles de kilómetros de distancia sino en el meramente virtual de los titulares matutinos? Y quizás lo más complicado del asunto, ¿era posible prestar oídos sordos a las diversos requerimientos de la opinión pública, si era del seno de la sociedad civil de donde el Estado extraía no solo los recursos humanos que nutrían a la máquina de guerra sino los insumos intelectuales que dotaban de legitimidad y sentido a su tarea bélica? IV. EN POS DE ‘CHILE NUEVO’ Solo en el marco de un ambiente crispado como el que se vivió en Chile durante la década de 1870 es posible entender que la intensa actividad desplegada por Aníbal Pinto fuese percibida como una «montaña de inercia» y que su probada frialdad y cálculo político se confundiera con los efectos de una «somnolencia descuidada» (Zegers, 1969, p. 68). Si se toma en cuenta el juicio emitido por Francisco Antonio Encina, Pinto dio a la guerra todo lo que había en él de virtudes y sacrificios. La historia patria no registraba una ironía más grande, una personalidad intelectual y moralmente superior encargándose de dirigir una guerra larga y sangrienta como fue la del Pacífico. Lo que Encina no mencionó en su visión 53

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