Guerreros civilizadores

coalición de gobierno que enfrentó la Guerra del Pacífico, fue tachado de «ruin», por estar haciéndose a la sombra de la cuestión boliviana. Los manejos de Prats, quien lideró uno de los gabinetes de guerra de Pinto, encerraban el peligro de promover un Congreso ajeno a las consignas del Ejecutivo. Debido a que el otro candidato que Prats tachó de la lista parlamentaria era el hijo de Santa María, este le comunicó al presidente su disposición de aceptar la decisión de sus aliados de turno siempre y cuando ello no ocurriera de manera oculta y «traidora»76. El pequeño incidente electoral anteriormente analizado nos permite evidenciar cómo en vísperas de la Guerra del Pacífico el «liberalismo de la madre rusa»77, al que se refirió con preocupación Lastarria en 1880, había sentado sus reales entre los revolucionarios que lucharon, en la década de 1850, contra el autoritarismo de Montt y su aliado Varas. Las «concesiones políticas y doctrinarias» que en su camino al poder se vieron obligados a realizar los liberales modelaron un accionar político que para inicios de 1870 puede ser catalogado de ultra pragmático. De esta importante mutación ideológica dio cuenta uno de sus más preclaros exponentes. En una carta a Manuel Soffia, a la fecha enviado diplomático a Nueva Granada, Santa María le explicó las razones por las cuales la pequeña república sudamericana, bajo su comando, había decidido tomar la senda del pragmatismo más absoluto. En lugar de cultivar la vida literaria de su homóloga del norte, los chilenos andaban más preocupados con el mundo de los negocios que con el de las peligrosas palabras descarnadas de la realidad. Era por ello que sus intereses se relacionaban con la fábrica de gas, con la de botellas o la de paños. Con una agenda económica tan nutrida, en la que destacaba también la competencia con los inmigrantes alemanes y suizos que poblaban la zona austral, era obvio que los habitantes de la antigua Capitanía General no tenían tiempo «para hacer versos, para estudiar los líricos españoles, para detenerse en Núñez del Arce» y menos aún para «discutir en largo aliento sobre el origen de las palabras españolas, su acentuación, pronunciación y sobre el autor, significación y alcances del Miserere». A sus paisanos, opinaba Santa María, les importaba «un bledo» todos esos asuntos debido a que «el régimen del verbo» no «acrecentaba caudales» y menos pagaba deudas. El político liberal era de la opinión de que los ensayos en torno a «las seductoras teorías» neogranadinas le costaban a la república fundada por Simón Bolívar «ríos de sangre y vergonzosas persecuciones». Por suerte, subrayaba, «los ideólogos no tenían ya prosélitos en Chile»78. 46

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