La ausencia de armonía en los campamentos militares tuvo múltiples causas, desde las meramente personales hasta las de corte estructural, como fue, por ejemplo, la politización de los altos mandos del ejército. De acuerdo al editorialista de El Nuevo Ferrocarril, los ascensos militares guardaban estrecha relación, en especial durante la época electoral, con los servicios provistos por los generales a los detentadores del poder. A partir de ese esquema, hacia 1879 existían dos ejércitos: uno «cortesano», que ganaba sus ascensos en el servicio político, y el otro formado por sargentos mayores, tenientes, coroneles o jóvenes olvidados que vegetaban a la sombra del olvido político o de las montañas de Arauco66. El sistema de premios y castigos que se afianzó durante la guerra y cuyo objetivo, como veremos más adelante, fue ejercer control, vía los partes militares, sobre los oficiales y soldados destacados al frente de batalla, generó innumerables fricciones al interior de la corporación militar. Antes de profundizar en este punto, que es fundamental para el análisis de la dinámica interna de la guerra, es necesario entender el procedimiento electoral que fue conformándose en la década de 1860 y del que Pinto fue un heredero directo. De acuerdo a quien fuera su rival más encarnizado en las elecciones de 1876, Benjamín Vicuña Mackenna, «las escenas salvajes en los campos» y «la cuchilla y el desenfreno» de las ciudades eran el fiel reflejo de la cultura política que anidaba en Chile. La crispación que asolaba cada una de sus ciudades y aldeas se derivaba del binomio intervención-fraude electoral. Era esta práctica, engendrada en las alturas del poder, la que, de acuerdo al ex intendente de Santiago, era la causa de la violencia material y simbólica que de manera transversal atravesaba a toda la república sudamericana. En virtud de ello no era una mera casualidad que hubieran tantos y tan graves altercados al interior de «la familia chilena»67. En el Chile decimonónico, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, la libertad electoral fue «una palabra sin sentido». Porque si bien es innegable que la república —tildada de modélica en comparación con sus vecinas— conservaba «el dominio de sus miembros» —es decir la ausencia de «ligaduras» que sujetaran sus brazos, «vendas» que cubrieran «su vista» y «cuerdas» que oprimieran «su garganta»—, la urna electoral se encontraba cerrada «bajo doble llave» por la administración de turno (Velasco, 1871, p. 49)68. Un elemento clave para la perpetuación de un sistema de escasa raigambre democrática como el anteriormente descrito fue la política de los pactos y acomodos que se 43
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