gobierno central a escasos días de declarada la guerra al Perú. En esa difícil coyuntura, el gobernador de Linares describió con preocupación las violentas elecciones en su localidad. Turbas armadas de «revólver, cuchillo y garrote» recorrieron las calles «amenazando a los habitantes y no respetando ni a los hogares». Lo más frustrante del caso era que por no contar sino con una diminuta fuerza de policía la autoridad provinciana era incapaz de cumplir con sus deberes. Santa Cruz se lamentaba del hecho de que Linares estuviera dando «el ejemplo funesto de la discordia», cuando lo que en ese momento se requería era la unión de los chilenos para defender «como un solo hombre» la causa de la república58. En vísperas de la Guerra del Pacífico, la sociedad chilena sufría los excesos de una fragmentación política, económica y social. Esta situación, cuyos orígenes intentaremos explicar más adelante, incluso se proyectó a cada uno de los campamentos militares desperdigados desde Antofagasta hasta Tacna, y sus ecos llegaron hasta el palacio de gobierno de la capital peruana, ocupada por los expedicionarios a partir de enero de 188159. El cuartel general era, de acuerdo a Rafael Sotomayor, «un almacén de abismos, rencillas e intrigas»60. Un verdadero «infierno» donde todo estaba revuelto61. Un elemento que colaboraba en incrementar las divisiones internas que tanto preocupaban a Sotomayor era la gran rivalidad que existía entre la escuadra y el ejército, cuyo único origen era «la política» que metía «su cola» en las cabezas de algunos marinos62. En el ejército, opinaba José Velásquez, los jefes no estaban unidos. La falta de «cohesión, armonía, voz de mando y respeto», lo que el artillero denominó el «desentono» general, se debía al hecho de que «todos querían mandar»63. Tanto los militares —que sufrían cotidianamente la falta de cohesión en sus respectivos campamentos— como los civiles —que lloraban de «amargura» al comprobar lo nefasto de sus efectos en el diseño de un plan maestro para la guerra64— coincidían en señalar que la subordinación militar, base del sistema castrense, estaba minada por chismes, intrigas de facciones y falta de profesionalismo. A este espinoso asunto, cuyas repercusiones se sintieron en la zona ocupada, se refirió Domingo Amengual en carta personal a Pinto. Después de recordarle al presidente sus años de servicio con Manuel Bulnes, Blanco y Cruz, el militar solicitó su traslado inmediato de Ilo a Santiago, haciendo hincapié en que quería salvar su responsabilidad en el «tamaño desbarajuste» que vaticinaba para sus camaradas de armas65. 42
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx