inaceptable. En Arauco, la sociabilidad indígena descrita como «reservada y sombría» a la vez que imprevisible debido a sus «súbitos arranques de violencia», pugnó con el modelo civilizador que las vanguardias estatales intentaron a toda costa imponer. En el conflictivo espacio que Manuel Bulnes les otorgó a sus camaradas de armas, Cornelio Saavedra combinó la violencia y la diplomacia durante los años que representó al Estado en la Araucanía. El propósito fundamental del futuro jefe de las fuerzas de ocupación del Perú fue incorporar los territorios mapuches al seno del «Chile civilizado». En 1869 el comando de la alta frontera (Malleco) pasó a manos del coronel José Manuel Pinto, quien desató una «guerra de exterminio» en la que no se respetó a la población civil. Se incendiaron rucas, se mató y capturó mujeres y niños, institucionalizándose el saqueo y el robo como una manera de compensar al ejército. De acuerdo a José Bengoa, el mayor experto en el tema, lo que ocurrió entre 1869-1871 en la frontera sur constituye «una de las páginas más negras de la historia de Chile». Los partes de Pinto, cuyo objetivo fue mostrar ante propios y extraños las glorias del ejército en su expedición al interior de la Araucanía, llenaron de horror a los santiaguinos. En una campaña de terror, en la que incluso participó activamente el ministro de Guerra Francisco Echaurren, trece divisiones del ejército se internaron por diversos puntos del territorio mapuche arrasando lo que encontraron a su paso. El resultado fue el incendio de más de dos mil casas de las tribus guerreras, la mayor parte de ellas repleta de cereales para su subsistencia, la destrucción de los sembríos y la requisa de todo el ganado disponible. Si bien es cierto que Orozimbo Barbosa, otro de los militares participantes de la Guerra del Pacífico, reportó 600 muertos y 300 familias cautivas, Bengoa sostiene que a esa cifra habría que agregarle el número de los que sufrieron y murieron como consecuencia de los actos vandálicos cometidos por el «Ejército Pacificador». Dentro de un contexto en el que era muy difícil que un lector urbano promedio pudiera procesar el nivel de violencia desatada en el sur, El Ferrocarril describió a los actos bélicos del verano de 1869 como inhumanos, imprudentes e inmorales. La brutalidad exhibida por los militares encargados de resguardar la Araucanía no daba ni «gloria al ejército» ni «provecho al Estado» y mucho menos aún «prestigio al pabellón nacional» (Bengoa, 2000, pp. 224-225). En el contexto de un Estado que debió dirigir sus elementos destructivos hacia afuera cuando aún no lograba consolidar su hegemonía interna, es que debemos ubicar la comunicación que Andrés Santa Cruz envió al 41
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