Guerreros civilizadores

que para obtener el anhelado botín de guerra, Chile debía ceñirse a otras reglas de juego; reglas que por ser inéditas no eran comprendidas por un militar chileno promedio. Velásquez, el hombre de confianza de Baquedano y unos de los encargados de la expedición a Arequipa, no estaba preparado para «una empresa» como la guerra contra los caudillos. Su problema eran los «muchos cálculos» y la «mucha seguridad» con la cual debía de contar antes de lanzarse a esa lucha. Por querer «batallas ordenadas» el artillero no era el hombre de aventuras y de «golpes de mano» como los que se requerían para doblegar a Cáceres y a sus seguidores804. Dentro de un esquema de guerra de posiciones, el problema fundamental era capturar Arequipa, un hecho que como bien sabemos ocurrió en octubre de 1883805. Santa María opinaba que mientras Montero mantuviera un simulacro de gobierno en ese departamento, las esperanzas de los civilistas y de los bolivianos seguirían en pie. Por ello el gobierno de Arequipa debía «desaparecer», porque la eliminación de Montero significaba «la desaparición de los caudillos» y de las intrigas que ellos utilizaban para rearticularse y seguir peleando. Ante la demanda de pertrechos y efectivos militares para concretar la toma de Arequipa, Santa María respondió que el ejército de Chile debía seguir el ejemplo de las montoneras peruanas, expertas en agenciárselos entre la población civil. Junto con este consejo Santa María le señaló una tarea al comando chileno, esta era que estudiasen muy bien la expedición al sur, en términos de caminos y de recursos, porque los «caudillos peruanos» habían andado por esos rumbos «no una sino cien veces»806. «Ayer he tenido un día de gran satisfacción», escribió el presidente desde su despacho de La Moneda con ocasión de la entrega de Arequipa807. Este evento era crucial porque contenía la guerra de recursos en el tradicional núcleo de la resistencia peruana. Lo más importante en ese momento era no bajar la guardia y someter a Cáceres para luego encarcelarlo. A pesar de su cautela frente a triunfos que no necesariamente conducían a la victoria final, y de contar con una personalidad en la cual los arranques de euforia se entremezclaban con la duda, la angustia e incluso con raptos de inseguridad, para fines de 1883 Domingo Santa María tuvo la certidumbre de que la guerra con el Perú estaba por acabar. Las cartas de ese período de exultación muestran a un hombre preocupado por los detalles de la desocupación y por el precio del salitre, pero también nos acercan a un veterano de muchos combates políticos que siente que ha ganado una guerra que es nacional y a la vez personal. «Hemos llegado al 405

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