María ingresaron a un territorio ignoto, el de la guerra de recursos de los llamados caudillos peruanos799. Estos personajes —que generaban desprecio en el presidente— eran capaces también de despertar una suerte de fascinación en el huésped de La Moneda. «Nuestros oficiales son a veces muy zorzales. No tienen la malicia peruana […]. En Locumba nos engañaron con una cazuela; en el Callao con un repollo y así en muchas partes más»800. El comentario anterior, que nos remite al conocimiento que tenía Santa María de sus enemigos y de la decisión que había tomando de pelear contra ellos una guerra de recursos, a la usanza peruana, no significaba que el otrora revolucionario descuidara ni por un segundo los aspectos políticos de una fórmula cuyo objetivo era la desocupación rápida del Perú. El miedo a la peste de fiebre amarilla estaba en la mente del presidente cuando escribió a Novoa para señalarle «que si nos dejamos estar, perdemos cuanto hemos avanzado hasta ahora»801. Refiriéndose a la asamblea de Cajamarca, el jefe de Estado subrayó la urgente necesidad de proveer de «homogeneidad» al caudillo elegido por Chile, con la finalidad de que apareciera «cuanto antes» como «Presidente de todo el Perú». Porque era la unidad del gobierno de Iglesias el único elemento capaz de rodear de prestigio al tratado de paz. El problema principal radicaba, sin embargo, en la maquinaria militar peruana, que a pesar de la derrota en Huamachuco se empecinaba en seguir funcionando trasladándose a otro lugar. Y es que en la guerra de los caudillos la derrota en una batalla no significaba, como bien lo entendió Santa María, el final de la guerra. «Cáceres vuelve a las andadas», le escribió a Lynch luego de Huamachuco802, y eso lo llenaba de ansiedad por la posibilidad todavía existente de que «los Yankees volvieran a los postres» y perturbaran su obra de ingeniería político-militar. Porque era realmente «una diablura corretear a Cáceres para tranquilizar al Perú» y organizar de manera simultánea un gobierno serio capaz de darle consistencia a la paz. Santa María le aconsejaba a Lynch tomar todas las medidas del caso para desarmar al «brujo de los Andes». Lo importante era hacerles saber a «los pueblos del Perú» que si ellos no se rendían el ejército chileno entraría a sangre y fuego para hacerlos retornar de nuevo a la cordura803. Las cartas cursada entre Santa María, Lynch y Novoa durante el decisivo año que corre entre 1883 y 1884, nos descubren la manera como La Moneda fue capaz de comprender la lógica de una cultura política que por nutrirse de una guerra permanente fue volátil, contingente y por ello sumamente complicada. Desde un primer momento Santa María entendió 404
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