término de la obra —le escribía a Lynch— que me cuesta sudores de sangre». Mientras que a Novoa le recordaba en privado: «He luchado, como tú sabes, con poderosos obstáculos para la formación del gobierno de Iglesias, pues aquí como allí se me sostenía que estaba empeñado en un imposible»808. Los comentarios de un jefe de Estado que había puesto a prueba su voluntad y las capacidades poco conocidas de una maquinaria estatal que administró con puño de hierro se concentrarán, a partir de ese momento, en denostar a sus viejos enemigos, avizorando los nuevos retos que le esperaban a la república que comandaba. Pronosticaba que por estar compuesta por indios que como «pájaros» se espantaban a la detonación de un fusil, la guardia nacional boliviana sería arrollada por el cuerpo de policía de Santiago. Porque nadie podía dudar a esas alturas de la capacidad que tenían los vencedores de «pasearse» con cuatro mil hombres por Bolivia809. Sobre el Perú, le escribió a su camarada Lillo, que no pudiendo encontrar «vado» en aquella «laguna de inmundicias» su administración abandonaba la zona ocupada dejando a la nación, que debió cederle su mayor riqueza, entregada a su «propia suerte». Chile no tenía tiempo ni ganas de ser guardián de los peruanos810. Especialmente porque, como se lo comunicó unos meses antes a un amigo, el nuevo objetivo del voluntarioso huésped de La Moneda era el ferrocarril a la Araucanía. Este nuevo «delirio» del presidente le permitiría deshacerse de los «salvajes» que, de acuerdo a sus palabras, poblaban esas ricas tierras811. Era obvio que para el Estado chileno, corporizado en el antes revolucionario y hoy converso a la causa portaliana, la guerra civilizadora, que por definición era permanente, no había terminado. La cruzada en pos de la civilización, que vivió su momento de gloria en el Perú, simplemente se trasladaba a una nueva frontera llena de oportunidades. 406
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