de la ocupación, que en política y en especial en asuntos internacionales no era conveniente hablar mucho y menos con «el corazón en la mano»793. Dos asuntos preocuparon sobremanera a Novoa. Uno fue la inercia peruana y el otro la empleomanía chilena de la que hemos dado cuenta anteriormente. Ambos desarrollos se retroalimentaban prolongando indefinidamente la ocupación del Perú. Respecto a la política pasiva de los peruanos, para Novoa era intolerable «ver al enemigo vencido e impotente» y cruzado de brazos «para dejarse estar», sin que uno pudiera abrirle el camino «para que se vaya adelante». ¿Qué hacer, por Dios?, le preguntaba una y otra vez a Santa María794. Dentro de un ambiente de aparente aletargamiento, Novoa se mostró dispuesto incluso a pagar una compensación por Tacna y Arica con tal de conducir al ejército al «seno de la patria». Otro elemento que atentaba contra su titánico esfuerzo por desocupar el Perú era «el dinero a cualquiera costa adquirido» por sus paisanos. Esta «carcoma» atacaba especialmente a los «pequeños» servidores de Chile. Un ejemplo de ello eran sus médicos y profesionales, que no eran capaces de ganarse la vida en su país y que por «pingües rentas» se embarcaban rumbo al Perú. Para el estricto juez, «reunir capitales» era una manía muy común entre muchos chilenos, quienes se preocupaban «muy poco por el cumplimiento de sus deberes» y bastante en llenar sus propios bolsillos795. En breve, la ocupación era para el fiel burócrata un problema no solo político sino moral, y por ello había que terminar con ella a como diera lugar. En un proceso largo y complejo en el cual se barajaron múltiples posibilidades, el general Iglesias se fue perfilando como la única opción que le permitía a Chile «peruanizar» el gobierno y de esa manera realizar la transferencia de soberanía de Tarapacá. Entre enero y febrero de 1883, la política chilena adoptó un rumbo a favor del general cajamarquino, quien se convierte en el caudillo por el cual La Moneda decidió apostar796. Dentro de ese contexto, la constitución del gobierno de Iglesias, a quien se le dotó de recursos económicos y militares, resolvió el problema del híbrido que Chile debía desbaratar, creando a la vez un ente con el cual sus burócratas pudiesen firmar el tan ansiado tratado con cesión territorial. En la medida en que empezó a vislumbrarse una salida para el espinoso problema de la ocupación, la labor de Novoa consistió en dotar a ese acto y a las negociaciones que lo rodearon de un manto de legalidad. Porque si bien es cierto que fueron los militares chilenos, liderados por Lynch, quienes se aventuraron, como veremos más adelante, por el laberinto de la 402
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