Guerreros civilizadores

Ancón, suscrito en Lima el 20 de octubre de 1883. Bulnes opina que resulta imposible definir en pocas palabras el «gran papel» que Novoa desempeñó en esa etapa de su carrera. En efecto, el hombre de confianza de Santa María intervino en toda decisión que se tomó en Lima para salvaguardar los intereses económicos de la república vencedora. La formación del gobierno de Iglesias y el Tratado de Ancón fueron su obra y la del presidente, a quien le comunicó directamente la lealtad del caudillo que se levantaba y que La Moneda tenía la obligación de apoyar792. A diferencia de Lynch, un hombre extrovertido, cosmopolita y políglota, Novoa era más bien un funcionario gris, silencioso, desconfiado y sin emociones; fiel reflejo del Chile viejo forjado bajo la égida de Diego Portales y Manuel Montt. Bulnes, que lo admira hasta el cansancio, no puede negar que Novoa «no tenía soltura de maneras» ni sabía otro idioma que el español. Dedicada toda su existencia a la profesión de abogado, que creaba hábitos y tendencias que aguzaban el ingenio, el enfermizo hombre de leyes exhibía un «espíritu estrecho» (Bulnes, 1919, III, pp. 160-162). Sin embargo, fue esa mezcla de frialdad y obsesión por las formas lo que le permitió al antiguo juez de crimen transitar por los vericuetos de la política caudillista y así concretar el sueño de Aníbal Pinto: la posesión de la riquísima provincia peruana de Tarapacá. Parte de la misión de Novoa fue ser los ojos y los oídos de Santa María, a quien mantuvo informado de todo lo que ocurría en la capital peruana. Las cartas que remitió de manera periódica a Santiago, algunas de las cuales hemos revisado, son claras y contundentes. «No vale la pena de que te quite el tiempo con diceres y hablillas», escribió el plenipotenciario al presidente. «Si algo hubiera de valor, lo sabrás en el acto». En un mundo donde las apariencias escondían una realidad política muy complicada, Novoa se mostraba cauto y en estado de alerta permanente frente a los políticos peruanos, a quienes consideraba «cavilosos y falsos». Así, Santa María recibió informes pormenorizados sobre la actividad de Piérola («Ya comienza este a moverse»), del Servicio Sanitario chileno («es verdaderamente malo»), de la política interna del enemigo («Thiers fue un pigmeo para estos hombres del Perú»), de los estragos de la fiebre amarilla («Qué país este, tiene todas las plagas de Egipto y mucho más»), de la jefatura político-militar de Lima («un edificio a punto de derrumbarse» hasta la llegada de Pérez Arce) e incluso de las indiscreciones de Lynch, quien hablaba «cosas» que debían ser reservadas. El experimentado político y jurista estaba convencido, y así se lo hizo saber al general en jefe 401

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