batalla de Miraflores, apeló también a la autonomía de los pueblos para validar su proyecto político. «Quiero dar el primer paso honrado a favor del país, provocando un movimiento nacional pacífico que coloque en los pueblos mismos el expediente de su salvación». El héroe de Chorrillos, quien lanzó su pronunciamiento desde su hacienda de Cajamarca, propuso establecer vínculos sólidos entre el norte, una zona que creía representar, y el centro y el sur del Perú. Si en estas regiones se procedía con un sentimiento similar al exhibido por los norteños sería posible arribar a la reunión de una «gran asamblea general con derecho a decidir» la suerte de la república. Esta solución, de estirpe corporativa, desafiaba a la «individual y arbitraria» del civilismo, que estaba llevando al país al borde del abismo. Para solidificar su posición, Iglesias no solo recurrió a los comicios públicos sino que apeló al discurso que por décadas caracterizó a las innumerables revueltas que modelaron la historia peruana. «La guerra, la debilidad y el vencimiento» que sufría la patria no eran solamente el producto de la «hueste insaciable de Chile». Ella tenía por origen «las pasiones, las miserias y los crímenes de una parte de los «degenerados hijos» del Perú. Razones de tipo moral obligaban, en consecuencia, a que la «nacionalidad peruana» se levantase sobre los «escombros de su clamoroso pasado, para fundar la escuela redentora del porvenir». Además de buscar una solución política para el problema de la ocupación, el general Iglesias ensayó una lectura ética y moralista de la guerra. Porque lo que estaba realmente en juego para el viejo caudillo no era solo la firma de la paz con el enemigo sino la refundación de la república. Este proceso solo se lograría si los pueblos recuperaban sus fueros y su voz (Ahumada, 1982, VII-VIII, pp. 307-309). La materialización del proyecto ideológico de Duarte e Iglesias fue la asamblea de Cajamarca. En su decreto de constitución se consideraron una serie de puntos que validaban la revuelta de los pueblos fieles a Iglesias. Habiendo roto el Gobierno Supremo sus vínculos con «la región del Norte», esta declaraba que «la soberanía en las repúblicas» residía en los pueblos. A pesar de respetar la «unidad política del Estado», el norte consideraba de «absoluta conveniencia y notorio derecho» formar un gobierno provisional capaz de administrar sus relaciones con el centro y el sur del país. Como la imposición de su voluntad no era parte del pacto, Iglesias convocó a una asamblea de representantes provinciales con facultades extraordinarias. Una de estas, si no la principal, fue la convocatoria a la elección de diputados788, los cuales conformarían la 398
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