Luis Milón Duarte No vamos a detenernos a analizar el colaboracionismo de Duarte, quien fue asesinado a fines de noviembre de 1884 probablemente por ese motivo. Lo que más bien nos interesa es explorar la naturaleza de esa revuelta municipalista que culminó en el grito de Montán. Cabe recordar que ante el fracaso de las negociaciones con el civilismo, Novoa se refirió a la posibilidad de «crear» un caudillo que colaborase con los objetivos de Chile. Partiendo del hecho de que la desocupación no era un asunto exclusivamente militar es que cobra sentido la fórmula política propuesta por Luis Milón Duarte. El modelo del pueblo autónomo dispuesto a rendirse encontró en el general Iglesias la contraparte para ganar adeptos y extenderse a nivel regional. Porque fue el binomio caudillo-pueblo, remozado a partir de 1882 por un discurso pacificador, el que le permitió a Novoa crear la plataforma legal con la cual Chile pudo remontar su prolongado entrampamiento político y militar787. Dentro de esa complicada coyuntura, Novoa es otro notable ejemplo de una burocracia que defiende las conquistas económicas del Estado al cual sirve valiéndose de fórmulas tradicionales, por no decir arcaicas. Porque la solución al problema de la ocupación no provino de una propuesta moderna como la que planteaban los núcleos políticos urbanos en alianza con los Estados Unidos, sino de una suerte de simbiosis entre Chile-nuevo y una de las tradiciones políticas más rancias, por no decir anacrónicas, del Perú. La revuelta municipal, iniciada por Duarte en Concepción y apoyada por los representantes chilenos destacados en Lima, alcanzó su momento climático en el grito de Montán (agosto de 1882), un manifiesto que, en la mejor tradición de las guerras revolucionarias que sucedieron a la independencia, sintetizó la búsqueda de «la unidad nacional», condenando públicamente a todos los corruptos que atentaban contra su consecución. Iglesias, un veterano de la Guerra del Pacífico que perdió a su hijo en la 397
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