Guerreros civilizadores

Lima para lograr el cometido de La Moneda era un híbrido estatal —mitad chileno, mitad peruano— que aunque se encontraba bajo el control de Lynch parecía estar sirviendo a múltiples amos. A partir de la batalla de La Concepción el desafío fue desbaratar esa maquinaria defectuosa y sustituirla por una provista por la república derrotada. V. LA SALIDA DEL LABERINTO La salida del laberinto en el cual se encontraba la fuerza de ocupación liderada por Lynch no provino, como bien sabemos, de las conversaciones con el civilismo ni estuvo tampoco determinada por la eliminación de los Estados Unidos como poder dirimente, y menos debe entenderse como el producto final de la derrota de Cáceres en Huamachuco. La firma del Tratado de Ancón debe ser, más bien, apreciada como la culminación de una compleja fórmula política, jurídica y militar, ensayada por los pueblos peruanos desde los tiempos de la Independencia. Dentro de esta línea de argumentación, la tarea de Luis Milón Duarte fue rescatar, con fines pacifistas, el concepto de la soberanía municipal que el general Miguel Iglesias no solamente expuso en el grito de Montán sino que concretó a nivel político con el apoyo del ejército chileno. De esa manera la representación peruana se trasladó, al menos en teoría, de las manos de un conglomerado político urbano, el civilismo, a la de «los pueblos» de la república. Fueron estos quienes redefinieron la tradición política nativa cuando se levantaron no para proseguir la guerra como era su costumbre sino para rendirse y firmar la paz con el enemigo. Respecto a la participación de Duarte en la construcción del ensamblaje político-jurídico sobre el que descansó el Tratado de Ancón, es importante recordar que Jovino Novoa, plenipotenciario de Chile en el Perú, mencionó su nombre y su propuesta de representación municipal en una de las cartas que le envió al presidente Santa María. «Tengo en mi poder», escribió Novoa en la comunicación fechada el 29 de marzo de 1882, «una curiosa nota de la Municipalidad de la Concepción». El remitente era Luis Milón Duarte, quien reconocía la necesidad de que las municipalidades peruanas eligieran sus representantes para un congreso cuyo objetivo fuese la paz con Chile. Descrita como «la única salvación que le quedaba al Perú», esta paz debía ser abrazada por la autoridad chilena ya que solo con su apoyo desaparecerían los caudillos que solo pretendían esquilmar al país. Sin conocer personalmente al remitente, Novoa describió la propuesta —que 394

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