«completa desnudez» en que se habían encontrado los cadáveres de sus camaradas de armas, ello con el objeto de que se pudieran ver «las horrorosas mutilaciones con que la saña salvaje» se había cebado en sus cuerpos sin vida (Ahumada, 1982, VII-VIII, p. 190). La crueldad de «los cobardes asaltantes», quienes «como las fieras» destrozaron a sus víctimas después del sacrificio fue recordada por José Francisco Gana en su carta a Francisco Barceló. El veterano de la guerra de Arauco confesaba que luego de ver los restos mortales de sus compatriotas «horriblemente mutilados y hechos pedazos […] lanceados por todas partes, destrozados y decapitados» deseaba «exterminar al enemigo para librar a la humanidad de tan semejantes monstruos» (Ahumada, 1982, VII-VIII, pp. 202-203). La caracterización del combate de La Concepción como «una orgía de alcohol y de sangre», y la descripción de los montoneros de Cáceres como «cobardes chacales», «hordas ebrias y desordenadas», «salvajes desalmados», «bandadas de famélicos gallinazos», «caribes» asesinos de mujeres y de niños recién nacidos, «desenfrenados cholos» que se animaban mutuamente con «discordantes alaridos que semejaban al lúgubre rugido de las panteras»766, muestran la dimensión que adquirió la confrontación entre aquello que se denominó la «civilización chilena» y la «barbarie peruana». Esta última estuvo representada por una masa anónima cuya ausencia de nacionalismo fue compensada, de acuerdo al periodismo chileno, con litros de aguardiente. Y es que lo ocurrido en La Concepción, «una escena semejante al paso de las Termópilas por Leonidas» significó, siguiendo este argumento, el encuentro simbólico entre Ignacio Carrera Pinto, el descendiente directo de uno de los padres fundadores de la República de Chile, y «una horda de indios salvajes sin patria y sin ley». Las tremendas «escenas de barbarie» encontradas luego de veinte horas de dramático combate fueron descritas en repetidas oportunidades no solo por la prensa sino por algunos de los cronistassoldados, cuyos escritos hemos analizado en los capítulos previos. Marcos Ibarra, quien fue uno de los primeros en llegar a la Concepción, luego del sangriento combate anotó en su diario que a las seis de la tarde del día 10 de julio la división del Canto arribó al pueblo andino para encontrarse con «un cuadro horroroso de muertos». Los «cholos serranos» habían bajado de los cerros el día 9 de julio a las 11:55 de la tarde y desde ese momento habían atacado sin tregua a los chilenos. En lo más duro del enfrentamiento uno de los soldados subió al techo del cuartel y clavó ahí la bandera tricolor, mientras que el capitán Ignacio Carrera Pinto le ordenaba 389
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