Guerreros civilizadores

las persecuciones sufridas por los indios a manos de los expedicionarios, los impulsó a levantarse en masa para defender a la «patria chica» (Mallon, 1987). La idea de que en los Andes centrales se estuviera gestando una suerte de «furor popular» contra el ejército chileno, semejante al acontecido en Francia en 1793, sirvió para que el periodista reflexionara en torno a los extremos a los cuales eran conducidos los pueblos oprimidos por un «vencedor implacable y cruel». Los indios que vivaban a Cáceres, concluía la nota, saboreaban hasta el colmo una «venganza horrible y repugnante», pero totalmente justa. Andrés Avelino Cáceres ¿Cuál fue la dimensión de esa venganza «horrible y repugnante» a la que se refirió el corresponsal M. F. Huerta en su crónica? ¿Cuáles fueron las repercusiones del ojo por ojo en la evolución de la guerra y en el fortalecimiento de un imaginario que promovió, como ningún otro, la dicotomía civilización-barbarie a la que nos hemos venido refiriendo en este libro? En la proclama pronunciada por el coronel del Canto a raíz de la muerte de la totalidad del contingente chileno destacado en La Concepción (9-10 de julio de 1882), el antiguo combatiente de la guerra del Arauco señaló que «millones de manos salvajes» eran las responsables del crimen ocurrido en aquel remoto pueblo de los Andes. Porque solo una «humanidad degradada» podía ser capaz de llevar cabo un acto tan bárbaro como el encarnado en ese «lúgubre cuadro de escombros humeantes», cuyo combustible fueron los restos mortales de los cuatro oficiales y de los setenta y tres soldados de la 4ª Compañía del Chacabuco (Ahumada, 1982, VII-VIII, p. 189). En el parte del comandante de ese regimiento, Marcial Pinto Agüero, firmado en Jauja el 12 de julio, el militar daba cuenta de la 388

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