había dado orden de incendiar algunas de las casas «que se habían escapado del fuego del día anterior»; en Yacus entregó el pueblo a las llamas luego de ordenar el fusilamiento de varios montoneros que tenían pólvora y balas en los bolsillos; Margos, cuya población de mil almas «corría horrorizada por las alturas» al ver el destacamento chileno entrando al pueblo, corrió la misma suerte que sus vecinos. El comandante se enorgullecía en su reporte de la lección terrible que le había dado a los revoltosos. Las «cenizas de Yanumayo, Yacos y Margos» serían «elocuentes testigos de las revueltas» y de la manera como Chile castigaba «sus intrigas». El oficial concluía su comunicación poniendo en conocimiento de su comando que la suma pagada por cupos ascendía, hasta la fecha, a cien mil soles y que esperaba reunir «de cualquier otro modo» cincuenta mil más, aunque lo consideraba difícil por «la penosa situación» que atravesaba Huánuco761. Es importante recordar que entre abril y junio de 1881 el comandante Letelier recibió por concepto de multas y conmutas la cantidad de 336 049 pesos. El consejo militar que lo juzgó por malversación de fondos fiscales y por «abusos y exacciones indebidas» determinó que de ese monto 180 000 fueron invertidos para el pago de gratificaciones a jefes, oficiales y tropas por los «servicios especiales» prestados en la campaña. A Letelier se le condenó, como bien sabemos, a una pena de seis años de presidio, a ser privado de su empleo y a la confiscación de todos sus bienes raíces y castrenses hasta reparar la pérdida sufrida por el fisco762. En el camino a Izcuchaca el general peruano Andrés Avelino Cáceres fue recibido con gran entusiasmo por los indios del poblado de Ascotambo, una de las tantas comunidades que, como las de Chongos, Pasos o Ascoria, se fueron uniendo lentamente al ejército de cinco mil montoneros que el «brujo de los Andes» logró organizar763. El periodista de El Eco de Junín que acompañaba a los breñeros indicaba que algunos de los guerrilleros de Izcuchaca ostentaban en las puntas de sus lanzas las cabezas y miembros mutilados de los chilenos muertos en combate. En las paredes de las casas y en los muros de las chacras se divisaban, asimismo, los mismos trofeos sangrientos, recordando los horrores de la guerra de la Edad Media. Era la pena de Talión aplicada a los que «jamás habían tenido compasión» para con los «pueblos inermes y sin defensa»764. Los seguidores de Cáceres, continuaba el relato, estaban colocados fuera de la ley y era por ello que «su carácter de beligerantes como ciudadanos que defendían a su patria» les fue rotundamente negado765. Este hecho, unido a 387
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