de un ataque al corazón en Lima y la estrella de Blaine continuó su lento declive en Washington. La Moneda debió enfrentar de lleno a los caudillos peruanos y a su mítico líder, Andrés Avelino Cáceres. IV. EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS La campaña a la sierra en pos del general Cáceres determinó que tanto el ejército como la sociedad chilena se enfrentaran a la tan temida y despreciada «barbarie indígena». Los que tomaron la delicada decisión de penetrar en los Andes no se percataron de las consecuencias de un accionar que lanzaba a Chile al territorio de lo que Gonzalo Bulnes denominó la «guerra salvaje». Dentro de ese contexto todas las reglas y los protocolos existentes simplemente desaparecieron. Respecto al cambio de eje de la guerra, de la costa a la sierra, Bulnes opinaba que la intervención del indio en una lucha de «hombres civilizados» despojó al conflicto internacional de su «carácter elevado y caballeresco»755. Hasta la campaña de Lima la contienda exhibió una cierta lógica, y salvo hechos aislados los ejércitos procedieron con la hidalguía propia de «contendores civilizados». En cambio con las campañas de la sierra salió a flote «el hombre ancestral» junto con «sus modalidades siniestras» (Bulnes, 1919, III, p. 26)756. En un escenario en el que la violencia y la brutalidad propia de toda guerra no pudo ser maquillada con la retórica y el ritual que rodearon a la campaña marítima y terrestre, afloraron una vez más las contradicciones del discurso civilizador chileno. De ello dio cuenta la carta escrita por Domingo Santa María a Benjamín Vicuña Mackenna, en la que el futuro presidente le comunicó sus temores ante los efectos que la guerra en los Andes tendría sobre la cultura, la sociabilidad y el buen nombre de Chile. Cuando los españoles pusieron pie en América se creyeron autorizados, señalaba Santa María, «para mirar al indio como enemigo mortal», y no existió ningún reparo en «matarlo, arrasar su humilde hogar y violar su sencilla familia». Muy similar era el trato que Chile estaba dando a los peruanos, contra los cuales se estaba llevando la guerra a extremos «repugnantes». En el futuro, cuando se hablara «sin el calor de las pasiones» del momento, «la historia y la justicia» cubrirían a Chile «de vergüenza». Exhibiendo una gran lucidez y una visión de largo plazo, el ministro de Aníbal Pinto condenó privadamente los «actos vandálicos» de aquellos expedicionarios que con su inaceptable comportamiento estaban dotando a la contienda de una «fisonomía salvaje». La idea de que Chile se 385
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