inicios de 1882 a Santiago— tenía entre sus propósitos recabar información sobre la deportación y detención forzada de García Calderón. Esa acción, percibida como hostil, podía darle a Washington motivos para una intervención. Desde su llegada hasta la firma del Protocolo de Viña del Mar, donde Estados Unidos finalmente quedó fuera de la discusión (Bulnes, 1919, III, pp. 212-217), los diplomáticos norteamericanos fueron sometidos a múltiples presiones, entre ellas el ataque de una prensa que defendió, desde su llegada, la vieja idea de que el trabajo de los nacionales había sido decisivo para el progreso de Tarapacá. Eso no era todo. La misión civilizadora que Chile llevó a cabo en esos territorios se contrastó con la inferioridad genética de sus antiguos propietarios. De esa manera los elementos racistas y de género del discurso nacionalista, analizados en capítulos previos, se potencializaron en el decisivo verano de 1882, y se imbricara con la vieja discusión sobre la barbarie peruano-boliviana. La anexión era, además, un derecho de los vencedores y a Chile le correspondía gobernar en su casa sin interferencia de nadie. Defendiendo la autonomía, la república chilena intentó erigirse, también sobre sus asuntos internos, en la cabeza visible de una suerte de cruzada nacionalista de corte continental (Sater, 1990, pp. 48-49). Tal como se lo aconsejó a Pinto, respecto a la necesidad de no ceder un milímetro de Antofagasta, Santa María soportó todas las presiones encaminadas a impedir el traspaso de la soberanía de la provincia de Tarapacá a Chile. En una carta escrita a Ignacio Novoa a raíz de la intervención norteamericana, el veterano de innumerables combates políticos se lo señaló claramente a su asesor: «Oiremos las palabras amistosas de todo el mundo», pero no cejaremos en el esfuerzo por obtener «el precio de la sangre» vertida por los miles de soldados chilenos caídos en combate. Su prudencia, anotaba, no debía confundirse con la debilidad (Bulnes, 1919, III, p. 146). El Congreso, usualmente dividido, cerró filas en torno a los intereses nacionales. «Nosotros somos una unidad», le confesó un senador chileno al académico norteamericano Albert G. Browne. Los Estados Unidos podían destruir a una república hermana si es que ella se lo permitía. Sin embargo, Chile estaba dispuesto a hacer uso de todos los recursos dados por Dios y por la naturaleza para defenderse de la intervención y vivir de acuerdo a sus decisiones (Browne, 1884, pp. 61 y ss). Una de estas fue la que empujó a la «república modelo» a entrar de lleno en un tipo de guerra muy peculiar. Dislocado el poder de Piérola, eliminado García Calderón y sus aliados norteamericanos, Hurlblut murió 384
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx