personales «en aras de la Patria». Ante los comentarios de Aurelio García y García respecto a que la mayoría de departamentos peruanos consideraban a Piérola como el único gobernante legítimo, Hurlblut respondió atacando al factótum de la dictadura. Piérola se había hecho del gobierno de una manera «violenta y compulsiva». Así, su revolución no solo era un «crimen contra la libertad» sino que ella condujo al país a una derrota desastrosa seguida de la ominosa fuga del dictador. Por lo anterior quedaba claro que la apuesta de los Estados Unidos, o al menos la de Hurlblut, era por el civilismo. Las palabras y las promesas de Hurlblut tuvieron un efecto en la fragmentada política peruana. Porque si tomamos en cuenta la opinión crítica pero bastante informada que tiene Gonzalo Bulnes sobre el representante norteamericano, no se puede negar que desde el 25 de enero de 1882 el Perú quedó unificado bajo la égida del veterano de la Guerra Civil. Así, todos los caudillos opositores de García Calderón, incluido Cáceres, terminaron cediendo ante el argumento de «una paz digna y honrosa para el Perú» esgrimida por el delegado de Washington (Bulnes, 1919, III, pp. 124-129). La unidad de las facciones gestada por Hurlblut en un notable trabajo de ingeniería política, poco valorado hasta la fecha, fue una noticia que cayó muy mal en los predios de La Moneda. Su nuevo inquilino, Santa María, tomó una serie de medidas encargadas de dotar de un nuevo ímpetu a la guerra, siendo la primera la disolución del gobierno de La Magdalena y la deportación de García Calderón a Chile. De esa manera se eliminaba el centro neurálgico desde donde se fue gestando una alternativa que, con el apoyo informal de los Estados Unidos, logró alcanzar una impensada resonancia internacional. Con el objetivo de neutralizarla, Chile fortaleció su frente diplomático. Así, Joaquín Godoy se encargó de defender la posición del Estado chileno en Washington. La campaña mediática contra el Perú apeló a la prensa pero también a mítines y conferencias cuyo objetivo fue informar a la opinión pública sobre las ocurrencias de una guerra peleada a miles de kilómetros de distancia. Por otro lado, la muerte del presidente Garfield y la elección de su sucesor significaron un reacomodo de las fuerzas políticas norteamericanas. En esas circunstancias, Blaine —quien de acuerdo a Sater empezó a desconfiar de Hurlblut y de sus arriesgadas decisiones— fue perdiendo presencia en la política norteamericana. Antes de que ello ocurriera el Secretario de Estado intentó mediar, una vez más, en el conflicto sudamericano. La misión conformada por William Trescott y Walker Blaine —enviada a 383
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