en la legación peruana respondió a su experiencia previa en Lima en la década de 1860, pero también al apoyo incondicional que le brindó a Blaine durante su fallida campaña presidencial de 1876. Los biógrafos de Hurlblut le reconocen una inteligencia superior. Esta fue la que le permitió no solo navegar por las aguas tempestuosas de la ocupación peruana sino construir en tiempo récord un frente multipartidario dispuesto a dialogar con los invasores en términos favorables al Perú. Sin embargo, el accionar de Hurlblut no puede estudiarse solamente como el producto de una diplomacia norteamericana generosa. La agenda del veterano de la Guerra Civil norteamericana debe ser analizada en el contexto de esa tradición política —soterrada, corrupta e inescrupulosa— que reinó en los Estados Unidos en los años de la reconstrucción. No hay que olvidar que el Secretario de Estado James Blaine, del cual Hurlblut fue agente electoral, tuvo diferentes apelativos —entre ellos «Blaine el mentiroso continental del estado de Maine»— y que su enviado al Perú fue seriamente cuestionado por su pasión por el juego, su afición por a la bebida y por un estilo bastante heterodoxo. Hijo de un pastor yankee, aunque criado en Charleston —donde aprendió el manejo de la maquinaria política local—, de Hurlblut se han dicho infinidad de cosas. Entre ellas, que fue un hombre de una retórica cautivante, que su capacidad organizativa era impresionante, que huyó de Carolina del Sur debiendo una fuerte cantidad de dinero y que su desmesurada ambición y extravagancia fueron las causas de sus agobios (Lash, 2003). Todos estos aspectos de la personalidad compleja y contradictoria del amigo y asesor informal de Abraham Lincoln afloraron con renovados bríos en el campo minado de la política interna y externa del Perú ocupado. Hurlblut entendió muy bien que para llegar a la firma de paz sin cesión territorial era necesario resolver dos problemas. El primero era la forja de una representación peruana, que para consolidarse debía contar con la unificación de las múltiples facciones que socavaban cualquier tipo de arreglo diplomático. El segundo era que sin dinero contante y sonante cualquier negociación estaba condenada al fracaso. Respecto al primer objetivo, la unión política era fundamental para concretar los objetivos peruanos y así se lo hizo saber a los «notables» en una carta que fue publicada en diferentes ciudades del país. Además de defender en ese documento el derecho de indemnización de Chile por los gastos de guerra, el enviado de Washington subrayó que la salvación del Perú estaba en manos de sus propios hijos, quienes debían sacrificar sus ambiciones 382
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