Guerreros civilizadores

fue el modelo ensayado por el abogado de la mano de un veterano de la guerra civil norteamericana que llegó Lima como caído del cielo. A pesar de que a Washington le interesaba desplazar los intereses británicos de la región, actuando además como una suerte de fuerza conciliadora e imparcial en los asuntos hispanoamericanos, su posición frente a la disputa chileno-peruana fue ambigua y a ratos inconsistente753. Esta actitud —nada novedosa en la política exterior norteamericana— unida a un evento imprevisto —el atentado mortal contra el presidente Garfield— fue minando el proyecto estadounidense de hegemonía política y económica en el Pacífico Sur. En las instrucciones de James G. Blaine al general Hurlblut, el Secretario de Estado norteamericano señaló que le era muy difícil darle indicaciones definidas sobre su próxima misión en el Perú. Ello debido a la «deplorable condición» de esa nación, a la «desorganización de su gobierno» y a la falta de información exacta sobre el estado de los negocios en ese «desafortunado país». Blaine le solicitó a Hurlblut convencer a los peruanos para que accedieran a cualquier solución que consideraran medianamente «razonable» para la firma de la paz. Lo importante era concluir la ocupación y reasumir un gobierno nacional y ordenado. El Secretario de Estado era consciente de que cuanto más liberal y prudente fuera la política de Chile, más fácil sería obtener un arreglo «permanente y satisfactorio» con su enemigo. Más allá del reconocimiento por parte de Blaine de que existía un «derecho de la guerra», y de que Chile buscaba ejercerlo desde Lima, el diplomático norteamericano fue muy claro en enfatizar la figura de la indemnización monetaria en su nota diplomática a Hurlblut. En efecto, el Perú podía apelar a un pago pecuniario esgrimiendo el argumento de Chile, que la guerra no era un acto de conquista territorial. Más aún, Blaine pidió ser informado de la asistencia de potencias amigas que pudieran suministrar al Perú los fondos para liberar a Tarapacá, previo pago de una indemnización pecuniaria. Aunque las circunstancias para lograrlo no parecían muy «oportunas», Estados Unidos no descartaba totalmente esa opción. Así, una suerte de limbo diplomático le dio a Hurlblut luz verde para poner en marcha su plan en el que puso en evidencia sus habilidades políticas754. Tanto Stephen Hurlblut como Judson Kirkpatrick, el enviado norteamericano a Santiago, formaron parte de esa hornada de «generales políticos», veteranos de la guerra civil norteamericana que fueron retribuidos con una serie de puestos burocráticos debido a sus servicios prestados al partido Republicano. En el caso de Hurlblut, su nombramiento 381

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